jueves, 19 de marzo de 2015

.- simplemente irresistible .- 48 y 49

HOLA!!! YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO YA MAÑANA TERMINA ASI QUE MAÑANA MISMO LES AGREGO LA NUEVA NOVELA . ADIOS :))

PENULTIMOS CAPITULOS!!

Capítulo 48
—Parece el gorro de los tontos.
—¿Cómo se lo pones al perro?
—Lo sujeta con las rodillas —contestó _____. Tom miró a su hija.
—¿Te sientas encima de Pongo?
—Sí, papá, a él le gusta.
Tom dudaba que a Pongo le gustara llevar puesto un estúpido gorro. Abrió la boca para sugerir que tal vez no debería sentarse sobre un perro tan pequeño, pero la banda comenzó a tocar y prestó atención al escenario.
—Buenas tardes —dijo el cantante por el micrófono—. Para la primera canción,
Hugh y Mae quieren ver a todo el mundo bailando en la pista.
—Papá —dijo Lexie por encima de la música—. ¿Puedo tomar un trozo de tarta?
—¿Y tu madre qué dice?
—Que sí.
Él se volvió hacia _____ y le dijo al oído:
—Vamos al buffet. ¿Vienes?
Ella negó con la cabeza, y Tom se miró en esos ojos verdes.
—No te muevas de aquí. —Antes de que ella pudiese contestarle, Lexie y él se fueron.
—Quiero un trozo muy grande —informó Lexie—. Con un montón de azúcar.
—Te va a doler la barriga.
—No, no me dolerá.
Él la dejó de pie al lado de la mesa y esperó con frustración a que escogiera el único pedazo de pastel con azucaradas rosas púrpuras. Le dio un tenedor y le buscó un lugar en una mesa redonda para que se sentara al lado de una de las sobrinas de Hugh. Cuando buscó a _____, la divisó en la pista de baile con Dmitri. Por lo general apreciaba al joven ruso, pero no esa noche. No cuando _____ llevaba puesto un vestido tan corto ni cuando Dmitri la miraba como si ella fuera una porción de caviar beluga.
Tom se abrió paso por la abarrotada pista de baile y colocó una mano en el hombro de su compañero de equipo. No tuvo que decir nada. Dmitri lo miró, se encogió de hombros y se marchó.
—No creo que esto sea una buena idea —dijo _____ mientras la cogía entre sus brazos.
—¿Por qué no? —La acercó más, acomodando las suaves curvas contra su pecho y moviendo sus cuerpos al compás de la música lenta. «Puedes tener tu carrera con los Chinooks, o puedes tener a _____. Pero no puedes tener las dos cosas». Pensó en la advertencia de Virgil y luego en la cálida mujer que tenía entre los brazos. Ya había tomado una decisión. Lo había hecho días atrás, en Detroit.
—En primer lugar, porque Dmitri me había pedido este baile.
—Es un bastardo comunista. Mantente alejada de él. -_____ se echó hacia atrás para poder verle la cara.
—Pensaba que era tu amigo.
—Lo era. -Frunció el ceño.
—¿Qué ha pasado?
—Los dos queremos lo mismo, pero él no lo va a conseguir.
—¿Qué es lo que quieres? Quería demasiadas cosas.
—Te vi hablando con Virgil. ¿Qué te ha dicho?
—Nada. Le dije que lamentaba lo que sucedió hace siete años, pero no aceptó mis disculpas. —Ella pareció perpleja por un momento, luego sacudió la cabeza y apartó la mirada—. Me dijiste que había pasado página, pero parecía muy amargado.
Tom le deslizó la palma de la mano por la garganta y le levantó la barbilla con
el pulgar.
—No te preocupes por él. —La miró y luego levantó la vista para observar al anciano. Su mirada se encontró con la de Dmitri y la de media docena de hombres que estaban mirándole el busto a _____. Luego bajó la cara y sus labios se amoldaron a los de ella. La poseyó con la boca y la lengua, mientras le deslizaba la mano por la espalda. El beso fue deliberado, largo y duro. Ella se derritió contra él y, cuando finalmente abandonó su boca, estaba jadeante.
—Me voy a arrepentir —susurró ella.
—Ahora, dime una cosa sobre Charles. —Tenía la mirada algo empañada y aturdida. La pasión que vio en sus ojos lo hizo pensar en sábanas enmarañadas y piel desnuda.
—¿Qué quieres saber de Charles?
—Lexie me ha dicho que piensas casarte con él.
—Le dije que no.
Tom sintió un gran alivio. La envolvió con fuerza entre sus brazos y sonrió contra su pelo.
—Esta noche estás preciosa —le dijo al oído. Luego se echó un poco hacia atrás para mirarle la cara y esa deliciosa boca, entonces le dijo—: ¿Por qué no buscamos algún sitio donde pueda aprovecharme de ti? ¿Es lo suficientemente grande el tocador del baño de señoras?
Él llegó a ver la chispa de interés en los ojos de ella antes de que volviese la cabeza e intentase ocultar una sonrisa.
—¿Estás drogado, Tom Kaulitz?
—Esta noche no —se rió él—. He escuchado el «Sólo di: No» de Nancy Reagan.
¿Y tú?
—Por supuesto que no —se mofó ella.
Terminó la música y comenzó una canción más rápida.
—¿Dónde está Lexie? —preguntó ella por encima del ruido.
Tom miró a la mesa donde la había dejado y la señaló. Tenía la mejilla apoyada contra la palma de la mano y los párpados a medio cerrar.
—Parece que está a punto de dormirse.
—Será mejor que la lleve a casa.
Tom le deslizó las manos por la espalda hasta los hombros.
—La llevaré en brazos hasta el coche.
_____ meditó su ofrecimiento unos instantes, luego decidió aceptarlo.
—Muchas gracias. Iré a buscar el bolso y ya nos vemos fuera. —Él la apretó durante unos segundos y luego la soltó. Ella lo observó caminar hacia Lexie, luego buscó a Mae.
Definitivamente había algo diferente en sus caricias esa noche. Algo en la manera en que la abrazaba y la besaba. Algo caliente y posesivo como si se resistiera a dejarla marchar. Se advirtió que no debía darle demasiada importancia, pero una cálida llamita encendió su corazón.
Recuperó su bolso con rapidez, buscó a Mae y se despidió de Hugh. Cuando
salió fuera ya era de noche y el aparcamiento estaba iluminado por unas farolas. Divisó a Tom apoyado sobre el maletero del coche. Había envuelto a Lexie en su chaqueta y la apretaba contra su pecho. Su camisa blanca resplandecía en la oscuridad del aparcamiento.
—No es así —oyó que le decía a Lexie—. No puedes ponerte tú misma un apodo. Otra persona tiene que empezar a llamarte así y el nombre simplemente se te queda. ¿O acaso crees que Ed Jovanovski se llamó a sí mismo «Ed especial»?
—Pero yo quiero ser «El Gato».
—No puedes ser «El Gato». —Vio que _____ se acercaba y se separó del coche.
—Félix Potvin es «El Gato».
—¿Puedo ser un perro? —preguntó Lexie, apoyando la frente en su hombro.
—No creo que quieras de verdad que la gente te llame Lexie «El Perro» Kaulitz, ¿no?
Lexie rió tontamente contra su cuello.
—No, pero quiero tener un apodo como tú.
—Si quieres ser un gato, ¿Qué te parece «Leopardito»? Lexie «Leopardito» Kaulitz.
—De acuerdo —dijo con un bostezo—. Papá, ¿sabes por qué los animales no juegan a las cartas en la selva?
_____ puso los ojos en blanco e introdujo la llave en la cerradura del coche.
—Porque allí hay demasiados leoparditos —contestó él—. Ya me has contado ese chiste por lo menos cincuenta veces.
—Ah, lo olvidé.
—No creo que te hayas olvidado nunca de nada. —Tom se rió entre dientes y dejó a Lexie en el asiento del acompañante sobre el elevador de seguridad. La luz del techo del vehículo arrancó brillos a su pelo oscuro e iluminó los tirantes azulgrana de cachemira.
—Te veré en el partido de hockey mañana por la noche. -Lexie cogió el cinturón de seguridad y lo abrochó.
—Dame un beso, papi. —Frunció los labios y esperó.
_____ sonrió y se dirigió hacia el asiento del conductor. La tierna manera en que Tom trataba a Lexie le ablandaba el corazón. Era un padre genial y, pasase lo que pasase entre _____ y Tom, siempre le querría por amar a Lexie.
—Oye, ¿_____? —la llamó en voz alta, sintiendo que su voz era una cálida caricia en el frío aire de la noche.
Ella lo miró por encima del techo del coche; la cara de Tom quedaba oculta por las sombras de la noche.
—¿A dónde vas? —preguntó él.
—A casa, por supuesto.
Una risa ronca retumbó dentro de su pecho.
—¿No quieres darle un beso a papi?
La tentación atacó su débil voluntad y su autocontrol. Caramba, ¿a quién pretendía engañar? Cuando Tom andaba de por medio, no tenía ningún tipo de autocontrol. Especialmente después de ese beso que le había dado en la pista de baile. Abrió con rapidez la puerta antes de considerar tan atrayente proposición.
—Esta noche no, playboy.
—¿Me has llamado playboy?
Ella colocó un pie en el chasis de la puerta.
—Es una gran mejoría respecto a lo que te llamaba el mes pasado —dijo, y se metió dentro del coche. Puso el motor en marcha y con la risa de Tom llenando la noche sacó el coche del aparcamiento.
Camino de casa pensó en lo diferente que estaba Tom. Su corazón quería creer
que eso implicaba algo maravilloso; a lo mejor le había golpeado la cabeza un disco de caucho y se había dado cuenta de repente de que estaba enamorado y no podía vivir sin ella. Pero la experiencia con Tom le había demostrado algo diferente. Era mejor no proyectar sus sentimientos sobre él y dejar de buscar motivos ocultos. Intentar interpretar cada palabra o caricia de Tom era tarea de locos. Cada vez que cedía y esperaba algo de él, acababa saliendo herida.
Tras acostar a Lexie, _____ colgó la chaqueta de Tom en el respaldo de una silla de la cocina y se descalzó. Una fina lluvia golpeaba las ventanas mientras se hacía un té de hierbas. Se acercó a la silla y alisó con los dedos la costura del hombro de la chaqueta de Tom, recordando con exactitud la imagen de él al otro lado del pasillo de la iglesia, mientras la miraba profundamente con esos ojos marrones. Recordó el olor de su colonia y el sonido de su voz. «¿Por qué no buscamos algún lugar dónde pueda aprovecharme de ti?», le había dicho y ella se había sentido demasiado tentada.
Pongo soltó la cuerda que estaba mordiendo y comenzó a emitir pequeños ladridos, segundos antes de que sonara el timbre de la puerta. _____ dejó caer la mano y tomó al perro en brazos para acudir a la entrada. No la sorprendió demasiado encontrar a Tom en la puerta, las gotas de lluvia refulgían en el pelo oscuro.
—Olvidé darte las entradas para el partido de mañana —dijo, dándole un sobre.

_____ tomó las entradas e ignorando cualquier asomo de buen juicio lo invitó a entrar.
—Estoy haciendo té. ¿Quieres un poco?
—¿Caliente?
—Sí.
—¿No tienes té helado?
—Por supuesto, soy de Texas. —Volvió con Pongo a la cocina y lo depositó en el suelo. El perro se acercó a Tom y lamió su zapato.
—Pongo se está convirtiendo en un perro guardián bastante bueno —le dijo, abriendo la nevera para coger una jarra de té.
—Sí. Ya lo veo. ¿Qué haría si entrara alguien a robar? ¿Lamerle los pies? -_____ se rió y cerró la puerta de la nevera.
—Es lo más probable, pero antes ladraría como un loco. Tener a Pongo es mejor que instalar una alarma. Tiene buen corazón con los extraños, pero me siento más segura cuando está en casa. —Dejó el sobre de las entradas en la encimera y llenó un vaso para Tom.
—La próxima vez te compraré un perro de verdad. —Tom se acercó a ella y
cogió el té—. Sin hielo. Gracias.
—Mejor que no haya una próxima vez.
—Siempre hay una próxima vez, _____ —dijo él, y se llevó el vaso a los labios mirándola a los ojos mientras tomaba un largo sorbo.
—¿Estás seguro de que no quieres hielo?
Él negó con la cabeza y bajó el vaso. Se lamió la humedad de los labios mientras deslizaba la mirada de sus senos a sus muslos, luego la subió hasta su cara.
—Ese vestido me ha vuelto loco todo el día. Me recuerda aquel vestidito de boda rosa que llevabas puesto la primera vez que te vi.
Ella se miró.
—No se parece en nada a ese vestido.
—Es corto y rosa.
—Aquel vestido era bastante más corto, sin tirantes, y me apretaba tanto que no podía respirar.
—Lo recuerdo. —Él sonrió y apoyó una cadera contra el mostrador—. Hasta
Copalis, estuviste todo el rato tirando de la parte de arriba y estirando la de abajo. Fue algo endiabladamente seductor, como una competición de erotismo. Me preguntaba cuál de las dos mitades ganaría.
_____ apoyó un hombro contra la nevera y cruzó los brazos.
—Me sorprende que te acuerdes de todo eso. Tal y como yo lo recuerdo parecía que yo no te gustaba demasiado.
—Y tal y como yo lo recuerdo, prefiero pensar que intentaba ser listo.
—Sólo cuando estuve desnuda. El resto del tiempo fuiste muy grosero conmigo. -Miró con el ceño fruncido el vaso de té que tenía en la mano, luego la miró a ella.
—Yo no lo recuerdo de ese modo, pero si fui grosero contigo, no fue nada personal. Mi vida era una auténtica mierda en ese momento. Estaba bebiendo mucho y haciendo todo lo que podía por arruinar mi carrera y a mí mismo. —Hizo una pausa y aspiró profundamente—. ¿Recuerdas que te dije que estuve casado?
—Por supuesto. —«¿Cómo iba a olvidarse de DeeDee y de Linda?».
—Bueno, lo que no te conté fue que Linda se suicidó. La encontré muerta en la bañera. Se había cortado las venas con una cuchilla de afeitar y durante mucho tiempo me eché la culpa.
_____ clavó los ojos en él, estupefacta. No sabía qué decir ni qué hacer. Su
primer impulso fue rodearle la cintura con los brazos para decirle lo mucho que lo sentía, pero se contuvo.
Él tomó otro sorbo, luego se limpió la boca con la mano.
—Lo cierto es que no la amaba. Fui un mal marido, y sólo me casé con ella porque estaba embarazada. Cuando el bebé murió, no quedó nada que nos mantuviera unidos. Pasé del matrimonio. Ella no.
Notó un dolor en el pecho. Conocía a Tom, y sabía que debió sentirse desolado.
Se preguntó por qué él le contaría todo eso ahora. ¿Por qué le confiaría algo tan doloroso?
—¿Tuviste un hijo?
—Sí. Nació prematuro y murió un mes después. Toby tendría ahora ocho años.
—Lo siento. —Fue lo único que se le ocurrió decir. No podía ni imaginarse perder a Lexie.
Tom dejó el vaso en el mostrador al lado de _____, luego la cogió de la mano.
—Algunas veces me pregunto cómo sería si hubiera vivido.
Ella le observó la cara y sintió de nuevo esa cálida llamita en el corazón. Tom se preocupaba por ella. Tal vez de la confianza y la preocupación pudiera surgir algo más.
—Quería contarte lo de Linda y Toby por dos razones. Quería que supieras de ellos y también quería que supieras que, si bien he estado casado dos veces, no pienso volver a cometer los mismos errores. No volveré a casarme ni porque haya un niño de por medio ni por lujuria. Será porque esté locamente enamorado.

Sus palabras apagaron la cálida llamita del corazón de _____ como un jarro de agua fría y retiró la mano de la de él. Tenían una hija y no era un secreto que Tom se sentía atraído físicamente por ella. Nunca le había prometido nada excepto pasar un buen rato, pero ella lo había hecho de nuevo. Se había permitido desear cosas que no podía tener, y saberlo le hacía tanto daño que se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Gracias por compartirlo conmigo, Tom, pero perdóname si en este momento no aprecio tu sinceridad —le dijo, acercándose a la puerta principal—. Creo que es mejor que te vayas.
—¿Qué? —sonó incrédulo como si no la entendiese—. Pensaba que estábamos llegando a algún lado.
—Lo sé. Pero no puedes venir aquí cada vez que te apetezca sexo y esperar que yo me arranque la ropa para complacerte. —Ella sintió que le temblaba la barbilla cuando tiró de la puerta principal para abrirla. Quería que estuviera fuera antes de perder el control.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Que sólo eres un buen polvo?
_____ intentó no amedrentarse.
—Sí.
—¿Qué diablos te pasa? —Le arrebató bruscamente la puerta de la mano para cerrarla de golpe—. ¡Te abro mi corazón, y tú coges y lo pisoteas! Estoy siendo honesto contigo y crees que estoy tratando de arrancarte las bragas.
—¿Honesto? Sólo eres honesto cuando quieres algo. No haces más que mentirme.
—¿Cuándo te he mentido?
—Primero con lo del abogado —le recordó.
—Eso no fue una mentira de verdad, fue una omisión.
—Fue una mentira, y hoy me has mentido de nuevo.
—¿Cuándo?
—En la iglesia. Me dijiste que Virgil había pasado página, que había superado lo ocurrido hace siete años. Pero sabes que no es así.
Él se balanceó sobre los talones y la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué te ha dicho?
—Que no me elegirías por encima del equipo. ¿Qué quiso decir? —le preguntó, esperando que se lo aclarara.
—¿La verdad?
—Por supuesto.
—De acuerdo, amenazó con traspasarme a otro equipo si me lío contigo, pero no importa. Olvídate de Virgil. Sólo está disgustado porque obtuve lo que él quería.
_____ se apoyó contra la pared.
—¿Yo?
—Tú.
—¿Es eso lo que soy para ti? —Ella lo miró.
Él soltó un suspiro y se pasó los dedos por el pelo.
—Si crees que estuve contigo para aliviarme, te equivocas de medio a medio.
Ella bajó la mirada hasta el bulto de sus pantalones, luego la volvió a subir a su cara.
—¿Me equivoco?
La cólera tiñó las mejillas de Tom y sujetó a _____ con fuerza por la barbilla.
—No tomes lo que siento por ti para convertirlo en algo sucio. Te deseo, _____. Todo lo que tienes que hacer es entrar en una habitación y te deseo. Quiero besarte, tocarte y hacer el amor contigo. Mi respuesta física es natural y no me disculparé por ella.
—Y por la mañana te irás y me quedaré sola otra vez.
—Eso son tonterías.
—Eso es lo que ha ocurrido las dos veces.
—La última vez fuiste tú la que te marchaste. -Ella negó con la cabeza.
—No importa quién se fuera. Acabará igual. Aunque no tengas intención de
lastimarme, lo harás.
—No quiero lastimarte. Quiero hacerte sentir bien y si fueras honesta conmigo admitirías que también me deseas, que deseas tanto estar conmigo como yo contigo.
—No.
Tom entrecerró los ojos.
—Odio esa palabra.
—Lo siento, pero han pasado demasiadas cosas entre nosotros para decirte otra cosa.
—¿Todavía quieres castigarme por lo que pasó hace siete años, o sólo es una excusa? —Él plantó las manos en la pared a ambos lados de la cabeza de _____—. ¿Qué es lo que te asusta tanto?
—Desde luego tú no.
Él le ahuecó la barbilla con la palma de su mano.
—Mentirosa. Temes que papá no te quiera. -Ella se quedó sin respiración.
—Eso ha sido demasiado cruel.
—Tal vez, pero es la verdad. —Le acarició la boca cerrada con el pulgar y le cogió la muñeca con la mano libre—. Te da miedo extender la mano y tomar lo que quieres, pero a mí no. Sé lo que quiero. —Él deslizó la palma de la mano de _____ por su duro tórax y abrió los botones de su camisa—. ¿Todavía intentas ser una buena chica para que papá te haga caso? Bueno, adivina qué, nena —susurró, moviendo la mano de _____ a la bragueta y apretándola contra la gruesa erección—. Te hago caso.
—Detente —dijo ella, y perdió el control de las lágrimas. Lo odiaba. Lo amaba.
Quería tanto que se quedara como que se fuera. Había sido rudo y cruel, pero tenía razón. Estaba aterrorizada de que la tocara y asustada de que no lo hiciera. Le daba miedo tomar lo que quería y que la hiciera sentirse desgraciada e infeliz. Pero ya era desgraciada e infeliz. No tenía nada que perder. Él era como una droga, una adicción, y ella estaba enganchada—. No me hagas esto.
Tom le secó con el dedo la lágrima que se le deslizaba por la mejilla y le soltó la
mano.
—Te deseo y no me importa jugar sucio.
Tenía que alejarse de Tom, desengancharse. Rehabilitarse. No más cálidos besos, ni caricias, ni miradas hambrientas. Tenía que endurecerse.
—Tú sólo quieres un pedazo de... de...
Tom negó con la cabeza y sonrió.
—No quiero sólo un pedazo. Lo quiero todo.

Capítulo 49
Tom escrutó los ojos de _____ y se rió por lo bajo. Estaba tratando de ser ruda pero era incapaz de pronunciar la palabra.
—... carne
Era sólo una de las cosas que le fascinaban de ella.
—Deseo tu corazón, tu mente y tu cuerpo. —Tom inclinó la cabeza y le rozó los labios con los de él—. Lo deseo todo de ti, para siempre —susurró, rodeándole la cintura con el brazo.
Ella tenía las palmas de las manos aplastadas contra su tórax como si tuviera intención de empujarlo, pero entonces abrió su suave boca y él sintió un triunfo tan dulce que casi lo hizo caer de rodillas. La deseaba ardientemente en cuerpo y alma y la levantó poniéndola de puntillas para saciar su hambre. Al cabo de unos segundos, el beso se convirtió en un frenesí carnal de bocas, lenguas y placer caliente, ardiente. Tom abrió la cremallera de la espalda del vestido, bajándoselo desde los hombros. Después deslizó el vestido y los finos tirantes del sujetador para desnudarla hasta la cintura. Le sujetó los brazos a los lados y luego paseó la mirada por su cuerpo hacia esos senos desnudos que se ofrecían a él y que eran su visión particular del paraíso. Le rodeó la cintura con un brazo mientras volvía a mirarla a la cara y le dio un beso suave en la mismísima cima del pecho izquierdo. Le lamió con la lengua la punta arrugada y ella gimió. Se arqueó hacia él que le succionó el pezón con la boca. _____ intentó liberar los brazos, pero él la sujetaba con fuerza.
—Tom—gimió—. Quiero tocarte.
Él aflojó las manos y se movió para succionar el pecho derecho. Ya estaba a punto de estallar. Llevaba así varios meses. El pálpito de su ingle lo apuraba a empujarla contra la pared, levantarle el vestido hasta la cintura, y sepultarse profundamente en el interior de ese cuerpo caliente y acogedor. Ahora.
Ella liberó los brazos del enredo de tirantes y le sacó la camisa de los pantalones. Tom se enderezó y la observó con los ojos entrecerrados. Antes de ceder a su deseo y tomarla allí mismo junto a la puerta principal, la cogió de la mano y la condujo a la parte posterior de la casa.
—¿Dónde está tu dormitorio? —le preguntó mientras recorrían el pasillo—. Sé
qué está por aquí.
—La última puerta a la izquierda.
Tom entró en la habitación y se detuvo en seco. La cama tenía una colcha de flores y una cenefa de encaje. Una media docena de cojines llenos de lazos estaban dispuestos contra el cabecero. También había flores en el papel de la pared y en la tela de las sillas. Había una gran corona de flores encima del tocador y dos floreros llenos. Acababa de entrar en el nido de la esencia femenina.
_____ se adelantó, sujetando el vestido sobre los senos.
—¿Qué te pasa?
Él la miró, estaba allí rodeada de flores por todos lados y tratando de ocultarse con las manos, y fracasando miserablemente.
—Nada, lo que pasa es que aún estás vestida.
—Tú también.
Él sonrió y se descalzó.
—No por mucho tiempo. —Al cabo de unos segundos, él se había deshecho de toda la ropa y cuando volvió a mirar a _____ casi explotó. Ella estaba de pie fuera de su alcance, llevando puestas sólo unas minúsculas braguitas y las medias sostenidas por unos ligueros rosados. Deslizó la mirada por el tentador trozo de muslo al descubierto por encima de las medias hasta las voluptuosas caderas de _____. Sus senos eran bellos y redondos, sus hombros suaves, su cara hermosa. Se acercó y la apretó contra sí. Ella era ardiente y suave, y todo lo que había querido siempre en una mujer. Tenía la intención de ir despacio. Quería hacer el amor con ella, quería prolongar el placer. Pero no pudo. Se sintió como un niño corriendo hacia su juguete favorito, incapaz de detenerse, lo único que lo detuvo por un momento fue la indecisión sobre dónde tocar primero. Quería su boca, sus hombros y sus senos. Quería besar su vientre, sus muslos y entre sus piernas.
La empujó encima de la cama, luego comenzó a rodar con ella. La besó en la boca y le pasó las manos con suavidad sobre el trasero. Tomó sus bragas y se las deslizó con brusquedad por las piernas. Frotó su erección contra el estómago suave para que sintiera cómo crecía por ella. La tensión de su ingle era cada vez más apremiante y pensó que iba a estallar.
Quería esperar. Quería asegurarse de que ella estaba preparada. Quería ser un amante tierno. La hizo rodar sobre su espalda y terminó de quitarle las bragas. Se sentó sobre los talones y la miró, estaba desnuda con excepción de las medias y el liguero. Ella levantó los brazos hacia él, y supo que no podría esperar. La cubrió con su cuerpo, acunando las caderas entre los suaves muslos, y le colocó las manos a ambos lados de la cara.
—Te amo, _____ —le susurró mientras se miraba en sus ojos verdes—.Dime que me amas.
Ella gimió y le deslizó las manos con suavidad de los costados a las nalgas.
—Te amo, Tom. Siempre te he amado.
Él descendió rápida y profundamente en su interior y se dio cuenta de inmediato de que se había olvidado del condón. Por primera vez en años se sintió envuelto por carne caliente y resbaladiza. Luchó con desesperación por controlarse mientras la necesidad que sentía por ella le desgarraba el vientre. Se retiró, empujó otra vez, y ambos explotaron en un clímax vertiginoso.

Eran las tres de la madrugada cuando Tom salió de la cama y comenzó a vestirse. _____ se aseguró la sábana alrededor de los senos y se incorporó para observar cómo se ponía los pantalones. Se iba. Sabía que no tenía otra opción. Ninguno de los dos quería que Lexie supiera dónde había pasado la noche. Pero en lo más profundo de su corazón le dolía su marcha. Le había dicho que la amaba. Se lo había dicho muchas veces. Era un poco difícil de creer. Era difícil que ella confiara en la alegría que sentía en lo más profundo de su ser.
Él cogió la camisa y metió los brazos en las mangas. Las lágrimas inundaron los ojos de _____ y parpadeó para que se fueran. Quiso preguntarle si lo vería otra vez al día siguiente, pero no quería parecer posesiva y ansiosa.
—No hace falta que vayas demasiado temprano al Key Arena —le dijo él, refiriéndose a las entradas para el hockey que le había dado antes—. Para Lexie será suficiente con ver el partido sin las actuaciones previas. —Estaba sentado sobre el borde de la cama mientras se ponía los calcetines y los zapatos—.Lleguen abrigadas. — Cuando acabó, se levantó y la cogió entre sus brazos. Se la puso en el regazo y la besó—. Te amo, _____.
Ella pensó que nunca se cansaría de oírle decir esas palabras.
—Yo también te amo.
—Te veré después del partido —le dijo, dándole un último beso. Luego se marchó, dejándola sola con la advertencia de Virgil inundando su mente y amenazando con destruir su felicidad.
Tom la amaba. Ella lo amaba. ¿La amaba lo suficiente como para renunciar al equipo? ¿Y cómo podría vivir ella consigo misma si lo hacía?

Los reflectores azules y verdes rodeaban el hielo como un caldero mareante de luces, mientras media docena de animadoras ligeras de ropa bailaban al ritmo de la estridente música rock que bombeaban los altavoces del Key Arena. _____ podía sentir cómo los bajos le retumbaban en el pecho y se preguntaba cómo lo aguantaba Ernie. Observó al abuelo de Tom por encima de la cabeza de Lexie que tenía las manos en las orejas. No parecía que el fuerte ruido le molestara.
Ernie Maxwell estaba igual que siete años atrás, con su pelo blanco pelado al rape y su voz grave seguía pareciéndose a Burgess Meredith. En realidad, la única diferencia que encontró era que ahora llevaba un par de gafas de montura negra y un audífono en la oreja izquierda.
Cuando _____ y Lexie encontraron sus asientos, la había sorprendido verlo allí esperándolas. No sabía qué esperar del abuelo de Tom, pero él la tranquilizó rápidamente.
—Hola, _____. Estás aún más guapa de lo que recordaba —le había dicho
mientras les echaba una mano con las cazadoras.
—Y usted, señor Kaulitz, está mucho mejor de lo que recuerdo —había declarado ella con una de sus encantadoras sonrisas.
Él se había reído.
—Siempre me han gustado las chicas sureñas.
La música se acalló de repente y las luces del Key Arena se apagaron, salvo los dos enormes logotipos de los Chinooks que permanecieron iluminados a ambos extremos de la pista.
—Señoras y caballeros, los Chinooks de Seattle. —La voz masculina resonó cada vez con más volumen en el recinto. Los seguidores se volvieron locos y, en medio de gritos y vítores, el equipo local salió patinado a la pista. Sus camisetas de punto blancas destellaban en la oscuridad. Desde su posición, varias filas por encima de la pista, _____ escudriñó el dorsal de cada camiseta hasta que encontró «Kaulitz» escrito con letras mayúsculas azules encima del número once. Su corazón revoloteó con orgullo y amor. Ese enorme hombre con un casco blanco sobre la frente era suyo. Era todo tan reciente que aún le costaba trabajo creer que él la amaba. No había hablado con él desde que la había besado para despedirse y, desde entonces, había experimentado horribles momentos en los que temió haberlo soñado todo.
Aun desde lejos podía ver que llevaba las hombreras debajo de la camiseta y las espinilleras debajo de los calcetines acanalados que cubrían sus piernas y que desaparecían bajo los pantalones cortos. Sujetaba el palo de hockey con los grandes guantes acolchados que le cubrían las manos. Parecía tan impenetrable como el apodo que había recibido, tan firme como un muro. Los Chinooks patinaron de portería a portería, luego finalmente se detuvieron
formando una línea recta en medio de la pista. Las luces subieron de intensidad y anunciaron a los Coyotes de Phoenix. Pero cuando patinaron sobre la pista de hielo fueron abucheados por los admiradores de los Chinooks que abarrotaban el Key Arena. _____ sintió tanta lástima por ellos que, si no hubiera temido por su seguridad, los hubiera vitoreado.
Los cinco suplentes de cada equipo salieron del hielo y los demás ocuparon sus posiciones en la pista. Tom se deslizó al círculo central, apoyó el stick en el hielo y esperó.
—Patear a esos Hombres, chicos —gritó Ernie tan pronto como el disco se puso en
movimiento al empezar el partido.
—¡Abuelito Ernie! —dijo Lexie, conteniendo el aliento—. Has dicho una palabrota.
Ernie no oyó o prefirió ignorar la reprimenda de Lexie.
—¿Tienes frío? —le preguntó _____ a Lexie por encima del ruido que hacía la gente. Se habían abrigado con unos jerséis blancos de cuello vuelto, vaqueros y botas forradas.
Lexie apartó los ojos de la pista y negó con la cabeza. Señaló a Tom que se movía a gran velocidad sobre el hielo, dirigiéndole una mirada feroz a un jugador del equipo contrario que le había robado el disco. Lo empujó duramente contra la barrera, el plexiglás resonó y tembló, y _____ pensó que lo derribarían y caería sobre el público. Oyó la jadeante respiración de ambos hombres, y no dudó de que después de aquel golpe, al otro jugador lo tendrían que arrastrar fuera de la pista.
Pero ni siquiera se cayó. Los dos hombres se codearon y empujaron y, al final, el disco se deslizó hacia la portería de los Coyotes.
Observó a Tom patinar de lado a lado, empujando a los del equipo contrario por el hielo para quitarles el disco. Las colisiones eran a menudo encontronazos brutales, como choques de coches y, pensando en la noche anterior, esperó que no le dañaran nada vital.
El público era como una horda salvaje que llenaba el aire con groseras maldiciones. Ernie prefirió insultar casi todo el rato a los árbitros.
—A ver si abrís los jodidos ojos y prestáis atención al juego —gritó. _____ nunca había oído tantos juramentos en tan corto período de tiempo, ni había oído tantos gritos en su vida. Además de maldecir y gritar, los jugadores se golpeaban y empujaban, patinaban rápido y se cebaban con los porteros. Al final del primer tiempo, ninguno de los dos equipos había anotado.
En el segundo tiempo Tom fue penalizado por empujar y tuvo que salir al banquillo.
—¡Hijos de puta! —gritó Ernie a los árbitros—. Roenick se ha caído solo.
—¡Abuelito Ernie!
_____ no iba a discutirlo con Ernie, pero ella había visto cómo Tom deslizaba la hoja del stick bajo los patines del otro jugador y luego había tirado de él, haciéndolo caer. Y lo había hecho todo sin ningún esfuerzo aparente, luego se llevó la mano enguantada al pecho con una cara tan inocente que _____ comenzó a preguntarse si quizá se habría imaginado al otro hombre deslizándose como una anguila por el hielo.
En el tercer tiempo, Dmitri consiguió marcar al fin para los Chinooks, pero diez minutos más tarde, los Coyotes igualaron el marcador. La tensión zumbaba en el aire del Key Arena, llenando las gradas y manteniendo a todos en el borde de los asientos. Lexie se puso de pie, demasiado excitada para estar sentada.
—Venga, papá —gritó, mientras Tom luchaba por el disco de caucho, luego salió disparado por el hielo. Inclinando la cabeza voló por encima de la línea central, luego salió de la nada uno de los jugadores de los Coyotes y se estrelló contra él. Si _____ no lo hubiera visto, no habría creído que un hombre del tamaño de Tom pudiese dar vueltas por el aire. Aterrizó sobre el trasero y yació allí hasta que los silbidos cesaron. Todos los entrenadores de los Chinooks saltaron del banquillo y corrieron a la pista.
Lexie comenzó a llorar y _____ contuvo el aliento, con una mala sensación en la boca del estómago.
—Tu padre está bien. Mira —dijo Ernie, apuntando hacia el hielo—, se está levantando.
—Pero le duele mucho —sollozó Lexie, que miraba cómo Tom patinaba lentamente, no hacia el banco, sino hacia el túnel por donde el equipo iba a los vestuarios.
—Estará bien. —Ernie rodeó la cintura de Lexie con el brazo y la apretó a su lado—. Él es «Muro».
—Mamá —gimió Lexie mientras las lágrimas le rodaban por la cara—, dale a papá una tirita.
_____ no creía que una tirita fuera a ser de mucha ayuda. Ella también quería llorar, pensó mientras miraba fijamente el túnel de vestuarios, pero Tom no regresó. Algunos minutos más tarde, sonó el timbre, el partido se había terminado.
—¿_____ Howard?
—¿Sí? —Levantó la vista hacia el hombre que se había colocado detrás de su asiento.
—Soy Howie Jones, uno de los entrenadores de los Chinooks. Tom Kaulitz me pidió que viniera a buscarla y la llevara con él
—¿Está muy malherido?
—No lo sé. Sólo quiere que la lleve con él.
—¡Dios mío! —No podía pensar en ningún motivo por el que pediría verla a menos que estuviera seriamente herido.
—Es mejor que vayas —le dijo Ernie, levantándose.
—¿Y qué hago con Lexie?
—La llevaré a casa de Tom y me quedaré con ella hasta que regreséis.
—¿Estás seguro? —preguntó con los pensamientos girando tan rápido en su cabeza que no podía retener ninguno.
—Por supuesto. Ahora vamos, vete.
—Te llamaré para decirte lo que sepa. —Se inclinó para besar las mejillas mojadas de Lexie y cogió la cazadora.
—Oh, no creo que te dé tiempo a llamar.
_____ siguió a Howie entre las gradas y luego se metió en el túnel por donde había visto que desaparecía Tom unos minutos antes. Caminaron sobre grueso y esponjoso caucho y entre hombres de uniforme. Giraron a la derecha para entrar en una estancia muy grande con una cortina que la dividía en dos zonas. La preocupación le puso un nudo en el estómago. A Tom le debía haber ocurrido algo terrible.
—Ya estamos llegando —le dijo Howie cuando pasaron por un pasillo lleno de hombres, vestidos con traje o ropa deportiva de los Chinooks. Llegaron hasta una puerta cerrada donde ponía «Vestuario», y girando a la derecha atravesaron otro par de puertas.
Y allí estaba Tom sentado, hablando con un reportero de televisión delante de un gran logotipo de los Chinooks. Tenía el pelo húmedo y la piel brillante; parecía lo que era, un hombre que había jugado duro, pero no parecía herido. Se había quitado la camiseta de punto y las hombreras y llevaba en su lugar una camiseta azul sudada que le moldeaba el gran pecho. Todavía llevaba puestos los pantalones cortos de hockey, los calcetines acanalados y las grandes almohadillas protectoras de las piernas, pero no los patines. Aun así, sin todo su equipo, se le veía enorme.
—Tkachuk te dio un buen golpe a cinco minutos del final. ¿Cómo te encuentras? —preguntó el reportero para después acercar el micrófono a la cara de Tom.

6 comentarios:

  1. Ooo que sera lo que quiere hacer Tom c: me encanta al fin le dijo q la amabaa y lexie es tan tierna como llora por su papá (: subeee el prox , no quiero q acabeeee pero bueno ya vendra otra novela jijijijiii me encantas tus novelas virgii jajaja sube no te olvides bye cuidate

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  2. Al fin se declararon!!

    Ay noo Virgii extrañare esta fic.. No quiero q terminee!!
    Subeeee porfa. Igual muero por leer la nueva fic :)

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. :O Tom le dijo a (Tn) que la ama xfiiin que emoción y tan linda Lexie lloro x su papa hay que curiosidad que querrá hacer Tom que mando a buscar a (Tn) con el entrenador del equipo??? me encanto virgi es una lastima que ya se vaya a terminar esta historia espero los últimos caps!!! me dejaste super intrigada..

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