domingo, 15 de marzo de 2015

.- simplemente irresistible.- 44 y 45

3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :))

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Capítulo 44

Salieron juntas del coche y subieron la acera. Con la mirada oculta tras las gafas de sol, _____ lo observó levantarse. Parecía informal y relajado con unos pantalones beiges de sarga, una camiseta blanca y una camisa de cuadros que llevaba suelta y sin abrochar. Llevaba el pelo oscuro más corto que la última vez que lo había visto y el flequillo le caía despeinado sobre la frente. Tenía la mirada fija en su hija.
—Hola, Lexie.
Ella bajó la vista a su carpeta como si de repente estuviera absorta en otra cosa.
—Hola.
—¿Qué has hecho desde la última vez que te vi?
—Nada.
—¿Cómo te va en primero? -Ella no le miraba.
—Bien.
—¿Te gusta la profesora?
—No está mal.
—¿Cómo se llama?
—Señora Berger.
La tensión era casi palpable. Lexie era más amigable con el cartero que con su padre y ambos lo sabían. Tom levantó la vista hacia _____ con la acusación escrita en sus ojos marrones. _____ se enfureció. Puede que él no le gustara, pero nunca había dicho ni una sola palabra mala en su contra, al menos, no delante de la niña. El que no estuviera dispuesta a acostarse y a dejarse pisotear por él no quería decir que fuera a intentar influenciar a Lexie de alguna manera. También ella estaba sorprendida por la inusual timidez de Lexie, pero conocía la razón. La causa de su reserva estaba delante de ella con la forma de un hombre grandote y musculoso; ahora no sabía cómo tratar con él.
—¿Por qué no le cuentas a Tom lo de tu jerbo? —sugirió ella, introduciendo el tema del que más hablaba Lexie últimamente
—Tenemo un jerbo.
—¿Dónde?
—En el colegio.
Tom no podía creer que ésta fuera la misma niña que había conocido en junio. La miró y se preguntó dónde estaría su charlatana hija.
—¿Quieres entrar? —preguntó _____.
Él habría preferido sacudirla y exigirle que le contara lo que le había dicho a su hija.
—No. No tenemos tiempo.
—¿Dónde vais?
Él miró las grandes gafas de sol de _____ y pensó en decirle que no era asunto suyo.
—Quiero enseñarle a Lexie dónde vivo. —Alcanzó la carpeta y se la quitó a Lexie—. La traeré de vuelta a las nueve —dijo, y le dio la carpeta a _____.
—Adiós, mami. Te quiero.
_____ miró hacia abajo y esbozando una falsa sonrisa dijo:
—Dame un beso, cariño.
Lexie se puso de puntillas para darle un beso de despedida a su madre. Y mientras observaba, Tom supo que quería lo que tenía _____. Quería el amor y el afecto de su hija. Quería que lo rodeara con sus brazos, que lo besara y le dijera que lo quería. Quería que lo llamara papá.
Tenía la seguridad de que en cuanto llevara a Lexie a su casa y ella se relajara, una vez que estuviera lejos de la influencia de _____, volvería a ser la niña que conocía.
Pero eso no ocurrió. La niña que recogió a las siete era la misma niña que llevó
de regreso a las nueve. Hablar con ella fue como patinar a través del hielo: suave y lento, y condenadamente desesperante. No había dicho nada sobre su casa flotante y no había querido saber al instante dónde estaban todos los cuartos de baño, lo que lo asombró porque en Cannon Beach la situación de los cuartos de baño había parecido un asunto de estado.
Le había mostrado el dormitorio de invitados que había preparado para ella, y le dijo que irían de compras y que le compraría cualquier cosa que quisiera. Había pensado que le gustaría la idea, pero la niña sólo había asentido con la cabeza y le había pedido salir a la cubierta de abajo. Había mostrado algo de interés por el barco así que habían saltado en el Sundancer y habían navegado lentamente por el lago. La había observado revisar la cabina y abrir la nevera compacta bajo la consola. La había subido a su regazo para que pudiera manejar el timón por sí misma. Lexie había agrandado mucho los ojos y, por fin, las comisuras de su boca habían esbozado una sonrisa, pero no había dicho nada.
Cuando la dejó en la parte delantera de su casa dos horas después de recogerla, el estado de ánimo de Tom era similar a los nubarrones que se estaban formando con rapidez en el cielo. No conocía a la niña con la que había pasado la tarde, aquélla no era su Lexie. Su Lexie sonreía y se reía tontamente sin dejar de hablar por los codos.
Apenas había detenido el Range Rover y _____ ya estaba fuera de su casa caminando hacia ellos. Llevaba puesto un vestido suelto de encaje que revoloteaba alrededor de sus tobillos cuando se movía y se había recogido el pelo en un moño alto.
Una niña que estaba en el patio de enfrente llamó a Lexie y agitó frenéticamente una Barbie de largo cabello rubio.
—¿Quién es? —preguntó Tom mientras ayudaba a Lexie a desabrocharse el cinturón de seguridad.
—Amy —contestó ella, abrió la puerta, y saltó fuera del todoterreno—. ¿Mamá, puedo ir a jugar con Amy? Tene una Barbie Sirena nueva, que quiero que veas porque es exactamente la que yo quiero.
_____ observó a Tom que estaba rodeando el Range Rover. Sus ojos se encontraron brevemente antes de mirar a su hija.
—Va a llover.
—Por favor —imploró, botando arriba y abajo como si tuviera un resorte en los talones—. ¿Sólo unos minutos?
—Quince minutos. —_____ agarró a Lexie por el hombro antes de que pudiera irse corriendo—. ¿Qué se le dice a Tom?
Lexie se paró y lo miró a la altura del estómago.
—Gracias, Tom —dijo prácticamente en un susurro—. Lo he pasado bien.

Nada de besos. Ni «te quiero papá». No había esperado amor y afecto tan pronto, pero mientras miraba a la coronilla de Lexie, supo que tendría que esperar bastante más de lo que pensaba.
—Tal vez la próxima vez vayamos al Key Arena y así verás dónde trabajo —al ver que su idea no era bien recibida añadió—: o podemos ir a la alameda. —Tom odiaba la alameda, pero por ella haría cualquier cosa.
Lexie frunció los labios.
—De acuerdo —dijo, luego caminó hacia el bordillo, miró a ambos lados de la carretera y, al ver que no se acercaba ningún coche, cruzó—. Oye, Amy —gritó—, adivina qué hice hoy. Me subí a un barco y paseamos hasta Gas Works Park, y vi un pez enorme que saltaba fuera del agua y Tom intentó cogerlo. Tom tene una cama y una nevera en su barco, y además me dejó manejar el timón un ratito.
Tom observó a las dos niñitas caminar hacia la puerta principal de la casa de Amy, luego se giró hacia _____.
—¿Qué le has hecho?
Ella levantó la mirada hacia él y juntó las cejas.
—No le he hecho nada.
—Y una mierda. No es la misma Lexie que conocí en junio. ¿Qué le has dicho? -Ella clavó los ojos en él durante unos momentos antes de sugerir:
—Entremos.
Él no quería entrar. No quería tomar té y discutir las cosas racionalmente. No quería cooperar con ella. Estaba furioso y quería gritar.
—Estamos bien aquí.
—Tom, no pienso tener esta conversación contigo en el césped de delante de mi casa.

Él le devolvió la mirada, luego hizo un gesto para que ella lo guiara. Mientras la seguía rodeando la casa, mantuvo la mirada en su nuca deliberadamente. No quería notar cómo se movía. En el pasado siempre había apreciado cómo el movimiento de sus caderas hacía que el vuelo de sus vestidos revolotease. Ahora no estaba de humor para apreciar nada referente a ella. La siguió hasta el patio trasero donde destacaba el color pastel, un calidoscopio
femenino típico de _____. Las flores se agitaban con la brisa de la tormenta que se estaba formando mientras un aspersor giratorio regaba la hierba cubierta de flores blancas y azules. Un carrito de plástico, que reconoció de la primera vez que había visto a Lexie, estaba al lado de una carretilla. Ambos estaban cargados con maleza y flores muertas. Cuando recorrió el patio con la mirada, se sintió herido por el contraste entre sus casas. La de _____ tenía un patio y un columpio, un jardín de flores y un césped que necesitaba ser segado. Ella vivía en una calle donde un niño podía montar en bicicleta y donde la acera era lisa para que Lexie patinara. Lo que Tom pagaba por atracar la casa flotante en el puerto era casi lo mismo que _____ pagaba por la hipoteca. Él tenía una gran vista y una casa enorme, cierto, pero no era un hogar de verdad. No como éste. No tenía jardín, ni patio, ni una acera lisa.
«Aquí vive una familia», pensó él, mientras veía cómo _____ cerraba la
espita de agua que estaba detrás de las flores de lavanda. «Su familia. No. No, su familia no. Su hija».
—Antes que nada —comenzó _____, enderezándose—, nunca me acuses de hacer o decir nada que lastime a Lexie. Es cierto que no me gustas, pero nunca he dicho nada malo sobre ti delante de mi hija.
—No te creo.
_____ se encogió de hombros y luchó por mantener una calma que no sentía. Notaba el estómago revuelto mientras que Tom permanecía impasible delante de ella con tan buen aspecto que daban ganas de comérselo con una cuchara. Había pensado que podría estar cerca de él y manejarlo, pero ahora ya no estaba tan segura.
—No me importa lo que creas.
—¿Por qué no habla conmigo como lo hacía antes?
Ella podía darle una explicación, pero ¿por qué molestarse? ¿Por qué debería ayudarle a apartar a su hija de ella?
—Dale tiempo.
Tom negó con la cabeza.
—El día que la conocí hablaba sin parar. Ahora que sabe que soy su padre, apenas dice palabra. No tiene sentido.
Pero sí lo tenía para _____. La única vez que se había encontrado con su madre había sentido terror a que la rechazara y no había sabido qué decirle a Mary Jean. _____ tenía veinte años en aquel entonces y sólo podía imaginar cómo se sentiría una niña. Lo que le pasaba a Lexie era que no sabía qué decirle a Tom y le daba miedo ser ella misma.
Tom apoyó su peso en un pie y ladeó la cabeza.
—Has debido de contarle un montón de mentiras sobre mí. Sabía que estabas resentida, pero no pensé que llegarías a esto.
_____ se rodeó la cintura con los brazos y contuvo el dolor. Que tuviera una opinión tan baja sobre ella le hacía daño aunque no debería ser así.
—No eres quien para hablarme de mentiras. Nada de esto hubiera ocurrido si no hubieras mentido sobre lo de contratar a un abogado. Tú eres el mentiroso y encima eres un deportista lascivo. Pero ninguna de esas razones es suficiente para que le diga a Lexie cosas malas de ti.
Tom se balanceó sobre los talones y la miró con los ojos entornados.
—Ahh... ahora estamos llegando al quid de la cuestión. Estás cabreada por lo que pasó en el sofá.
_____ confió en que no se le encendieran las mejillas, pero podía sentirlas tan enrojecidas como las de una chica de secundaria.
—¿Estás insinuando que por lo que sucedió entre nosotros trato de poner a mi hija en tu contra?
—Caramba, no insinúo nada. Te lo estoy diciendo sin rodeos. Estás disgustada porque no te envié flores o alguna chorrada por el estilo. No sé, quizá te despertaste a la mañana siguiente queriendo otro polvo rápido en la ducha y como no estaba allí para dártelo te pusiste hecha una furia.
_____ ya no pudo contener más el dolor y estalló.
—O tal vez estaba asqueada por haber dejado que me tocaras. -Él le dirigió una sonrisa ladina.
—No estabas asqueada. Estabas caliente. No tenías bastante.
—Te sobrevaloras —se mofó _____—. No fuiste tan memorable.
—Chorradas. ¿Cuántas veces lo hicimos? —preguntó, luego sostuvo en alto un dedo y contó—. En el sofá. —Hizo una pausa para levantar otro dedo—. En el futón del altillo con las estrellas iluminando tus senos desnudos. —Tres dedos—. En el jacuzzi con toda esa agua caliente golpeando nuestros culos y derramándose en el suelo. Tuve que quitar la alfombra al día siguiente para que no se pudriera en el suelo. —Sonrió y sostuvo en alto un cuarto dedo—. Contra la pared, en el suelo y en mi cama, lo cual cuento como una sola porque sólo me corrí una vez. Sin embargo, creo que tú te corriste más veces.
—¡No lo hice!
—Lo siento. Supongo que lo confundo con la primera vez en el sofá.
—Te has pasado demasiado tiempo en los vestuarios —le dijo apretando los dientes—. Un hombre de verdad no tiene por qué hablar sobre su vida sexual.
Él se acercó un paso más.
—Muñeca, por la forma en que te comportaste en mi cama diría que soy el único «hombre de verdad» que conoces.
Todo lo que ella le decía parecía rebotar contra su duro pecho mientras que las palabras de Tom le estaban rompiendo el corazón. No iba a ganar, así que se esforzó por parecer aburrida.
—Si tú lo dices Tom...
Él se movió hasta que sólo los separaron unos centímetros y una sonrisa insolentemente presuntuosa le curvó los labios.
—Si me lo pides de buenas maneras, puedo dejarte pulir mi stick. —Acercó su cara más a la de ella y preguntó con voz sedosa—: ¿Quieres manejar tú el Zamboni?
_____ aguantó el tipo y lo miró con fijeza. Esta vez no iba a perder los nervios y a insultarle hasta quedarse sin respiración como en Oregón. Alzó la barbilla un poco y le dijo con un acento sureño llena de censura:
—Te estás poniendo en ridículo.
Él entrecerró los ojos.
—Y puede que si fueras un poquito más amable cuando estás vestida, ya estarías casada a estas alturas.
Lo mismo de siempre, Tom invadía todo el espacio. Tomaba todo su aire, pero logró llenar sus pulmones con el aire lleno del olor de su piel y su aftershave.
—¿Y eres tú el que me aconsejas a mí? Si te casaste con una stripper cuando estabas borracho.
Él echó la cabeza hacia atrás de repente y retrocedió un paso. Ella podía deducir por su mirada que sus palabras finalmente habían dado en el blanco.
—Cierto —dijo él—. Realmente siempre me he comportado como un pelele ante un par de tetas grandes. —Giró la muñeca y se miró el reloj—. No me lo he pasado tan bien desde que me rompí el tobillo en Detroit, pero ahora tengo que irme. Estaré de regreso el sábado para recoger a Lexie. Tenla lista a las tres. —Apenas le dirigió otra mirada mientras se iba.
_____ se llevó una mano a la garganta y le vio caminar hacia la puerta de atrás. Ella había ganado. Finalmente había vencido a Tom. No sabía como lo había hecho, pero definitivamente había pateado ese enorme ego.
Sintió una opresión en el pecho y se dirigió a la escalera del porche posterior de la casa para sentarse en el último escalón.
Sí, había ganado, pero ¿por qué no se sentía mejor?


Capítulo 45
—Ésta sí que es gorda —masculló Mae mientras se llevaba el Kahlua con crema hasta los labios y bebía un sorbo. Una brillante sandalia negra colgaba precariamente de los dedos de su pie derecho mientras lo balanceaba. Por encima del borde del vaso observó el Chevy que pasaba lentamente por delante de ella traqueteando y expulsando un montón de humo negro. Agitó la mano delante de la cara y se preguntó si no habría sido un error sentarse en la terraza. Desde esa mesita tenía una vista muy clara de cualquiera que se dirigiera hacia la barra del antiguo bar de jazz. El flujo melodioso del saxofón se deslizaba a través de las puertas abiertas y llenaba el oscuro atardecer del centro de la ciudad. Alrededor de ella, las parejas hablaban de lo mismo que la mayoría de los habitantes de Seattle: lluvia, café y Microsoft.
Volvió a poner la bebida en la mesa y echó un vistazo al reloj.
—No viene —se dijo a sí misma mientras se calzaba con brusquedad la sandalia. Era viernes por la noche. Y, para variar, no había tenido que trabajar, pero parecía que se había pintado los labios y los ojos para nada. Incluso se había puesto un vestido. Un bonito vestido negro sin absolutamente nada debajo. Se estaba congelando y su último amante, Ted, era el sujeto que no daba señales de vida.
Probablemente lo habría retenido su esposa, pensó, cogiendo el bolso.
Normalmente no llevaba bolso, pero esa noche no tenía dónde llevar el dinero; ni siquiera en la ropa interior. Cogió un billete de diez y lo dejó sobre la mesa. No iba a esperarlo más. No estaba tan desesperada.
—Hola, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como éste?
Mae levantó la mirada y abrió la boca para decirle al moscón que se esfumara. Pero en vez de eso frunció el ceño y dijo:
—Y pensar que creía que la noche no podía ir peor.
Hugh Miner se rió y se dirigió a los hombres que iban con él.
—Seguid adelante —dijo, cogiendo una silla de la mesa de Mae—, me reuniré con vosotros en un momento.
Mae observó cómo rodeaba la mesa y agarró el bolso.
—Ya me iba.
—Puedes quedarte y tomar una copa, ¿no?
—No.
—¿Por qué no?
«Porque me estoy congelando», pensó.
—¿Por qué iba a querer hacerlo?
—Porque invito yo.
Las copas gratis nunca habían sido un incentivo para Mae, pero justo en ese momento una camarera pelirroja se acercó a la mesa y comenzó a hacer el tonto. Gorgojeó, se restregó contra el hombro de Hugh y, en resumen, hizo de todo menos ponerse de rodillas para hacerle una mamada. Era bonita, con grandes ojos azules y un cuerpo precioso, le pidió a Hugh un autógrafo, pero para su sorpresa él declinó.
—Pero te diré que haremos, Mandy —le dijo a la camarera—. Si me traes una caña y... —se interrumpió y fijó la mirada en Mae—. ¿Qué estás bebiendo? — preguntó.
Ella no podía irse. No ahora. No cuando Mandy la estaba fulminando con los ojos. Las mujeres nunca estaban celosas de Mae Heron.
—Kahlua con crema.
—Si me traes una caña y una Kahlua con crema, te estaría realmente agradecido —terminó.
—¿Cómo de agradecido?
Ella miró alrededor, luego se apoyó en él y le susurró al oído. Hugh se rió por lo bajo.
—Mandy —le dijo—, de verdad que no estoy interesado y eso que me estás proponiendo está prohibido por la Ley en algunos estados. Aunque he venido con Dmitri Ulanov que es extranjero y no sabe que podrían arrestarlo por eso que sugieres. Quizá acepte tu oferta.
Cuando ella se rió y se marchó, Hugh se reclinó en el asiento y fijó la mirada en el trasero de Mandy.
—Creía que no estabas interesado —le recordó Mae.
—No hay nada malo en mirar —dijo, centrando la atención en Mae—, pero no es tan bonita como tú.
Mae estaba segura de que él decía eso a todas las mujeres que conocía y no se sintió halagada.
—¿Qué quería hacer contigo?
Hugh negó con la cabeza y sus ojos avellana brillaron.
—Pues no sabría decirte.
—¿Siempre eres tan discreto?
—Sí. —Se quitó la cazadora de cuero y se la pasó por encima de la mesa. Sus hombros parecían muy anchos bajo la camisa de colores.
—¿Se me ve la piel de gallina desde ahí? —preguntó mientras aceptaba agradecida la cazadora. Le quedaba enorme y la sintió caliente sobre los hombros. Y tenía el olor almizcleño de ese hombre.
Él sonrió.
—Tus montículos son notables, sí.
Mae no tuvo que preguntar de qué montículos hablaba, ella ya los había sentido tensarse antes y había pasado vergüenza.
—¿Qué contestas a mi pregunta? —le preguntó.
—¿Qué pregunta?
—¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?
—¿Como yo?
—Sí. —Él sonrió—. Dulce. Encantadora. Supongo que atraerás a un montón de hombres con esa personalidad tuya tan cálida.
Ella no creyó que estuviera siendo gracioso.
—¿Quieres saber de verdad por qué estoy aquí?
—Por eso pregunté.
Podía mentir o inventarse algo. Pero al final decidió impresionarlo con la verdad. Se remangó los puños de la chaqueta y se apoyó en la mesa.
—Espero a mi amante casado, vamos a tener sexo duro toda la noche en el Marriott.
—¡Joder!
Lo había dejado anonadado, bien. Ahora sería de esperar que le largara un rollo sobre la integridad, un hombre que sospechaba que llevaría a la quiebra al Departamento de Moralidad.
—¿Toda la noche?
Decepcionada por esa reacción, ella se reclinó.
—Bueno, íbamos a tener sexo duro, pero no ha aparecido. Supongo que no pudo escaparse.
La camarera se acercó para dejar las bebidas en la mesa. Cuando colocó la cerveza de Hugh delante de él, le susurró algo al oído. Él negó con la cabeza y buscó la cartera en el bolsillo trasero de los pantalones, luego le dio dos billetes de cinco.
La camarera apenas se había alejado cuando Mae preguntó:
—¿Qué quería esta vez?
Hugh se llevó la cerveza a los labios y tomó un largo trago antes de posarla con suavidad sobre la mesa.
—Saber si Tom iba a aparecer esta noche.
—¿Y vendrá?
—No, pero aunque estuviera aquí, ella no es su tipo. -Mae tomó un sorbo de su bebida.
—¿Y cuál es su tipo? -Hugh sonrió.
—Tu amiga.
Cuando él sonreía y se le iluminaban los ojos de esa manera, Mae podía entender por qué algunas mujeres lo encontraban tan atractivo.
—¿_____?
—Sí. —Rodeó el cuello de la botella con los dedos—. A él le gustan las mujeres como ella. Siempre ha sido así. Si no fuera así, no lo estaría pasando tan mal. Lo ha dejado destrozado.
Mae casi se atragantó con la bebida. Se lamió el licor de café del labio y murmuró:
—¿Que lo ha dejado destrozado? _____ es una persona estupenda y él ha convertido su vida en un infierno.
—Yo de eso no sé nada. Sólo conozco la versión de Tom, bueno, la verdad es que él no habla de su vida con nadie, pero sé que cuando se enteró de la existencia de Lexie se quedó helado. Estuvo unos días tenso y con los nervios de punta. Sólo hablaba de ella. Canceló un viaje a Cancún que llevaba meses preparando y pasó también de la Copa Mundial. En vez de eso invitó a Lexie y a _____ a su casa de Oregón.
—Sólo porque quería conseguir con mentiras que _____ confiara en él para joderla bien jodida, en los dos sentidos.
Él se encogió de hombros.
—No sé lo que sucedió en Oregón, pero tiene sentido lo que tú estás insinuando.
—Y sobre eso de que él está herid....
—¿Mae? —Les interrumpió una voz masculina. Ella se giró a la izquierda y alzó la mirada para encontrarse a Ted que estaba de pie al lado de la mesa—. Siento el retraso, pero he tenido problemas para llegar a tiempo.
Ted era bajo y delgado y Mae se fijó por primera vez que llevaba los pantalones muy subidos. Parecía muy enclenque al lado del pedazo de hombre sentado al otro lado de la mesa.
—Hola, Ted —lo saludó Mae y luego le presentó a Hugh—. Éste es Hugh
Miner.
Ted sonrió y le tendió la mano al conocido portero.
Hugh ni sonrió ni le dio la mano a Ted. Se levantó y miró fijamente al hombre de menor tamaño.
—Sólo voy a decírtelo una vez —dijo con voz calmada—. Vete al infierno o te daré una paliza.
La sonrisa de Ted y su mano cayeron al mismo tiempo.
—¿Qué?
—Si te acercas a Mae otra vez, te golpearé hasta que no seas más que un muñón ensangrentado.
—¡Hugh! —jadeó Mae.
—Luego cuando tu esposa vaya al hospital para identificar tu cuerpo — continuó—, le contaré por qué tuve que patearte el culo.
—¡Ted! —Mae se puso de pie colocándose entre los dos hombres—. Está mintiendo. No te va a hacer daño.
Ted pasó la mirada de Hugh a Mae, luego sin decir ni una palabra se giró sobre los talones y prácticamente corrió calle abajo. Mae soltó la chaqueta de Hugh en la mesa y se acercó a él. Cerrando el puño comenzó a darle puñetazos en el pecho.
—¡Eres un matón! —Las personas que estaban sentadas cerca comenzaron a mirarla, pero no le importó.
—Ay. —Él levantó la mano y se frotó el pecho—. Para ser tan poca cosa, pegas bastante fuerte.
—¿Qué te pasa? Era mi cita —se enfureció Mae.
—Sí, y deberías estarme agradecida. Qué gusano.
Ella sabía que Ted era un poco gusano, pero era un gusano atractivo. Además había tardado tres meses en encontrarlo y ni siquiera lo había catado. Cogió el bolso de la mesa y miró al final de la calle. Si se apuraba, aún podría alcanzarlo. Cuando se estaba marchando, sintió que unos dedos le apretaban el brazo con fuerza.
—Deja que se vaya.
—No. —Mae trató de liberar el brazo, pero no pudo—. Maldito seas —juró mientras veía desvanecerse la última posibilidad de alcanzar a Ted—. Seguro que ya no me llamará más.
—Seguro que no.
Ella frunció el ceño ante la cara de risa de Hugh.
—¿Por qué lo has hecho? -Él se encogió de hombros.
—No me gustó.
—¿Qué? —Mae se rió sin humor—. ¿Y a quién le importa si te gusta a ti o no? No necesito tu aprobación.
—No es el hombre que necesitas.
—¿Cómo lo sabes? -Él le sonrió.
—Porque te aseguro que ese hombre soy yo.
Esta vez la risa de Mae sonó divertida.
—Debes de estar bromeando.
—Estoy hablando en serio. -No lo creyó.
—Eres exactamente el tipo de hombre con el que no salgo nunca.
—¿Qué tipo?
Ella se miró el brazo que él sujetaba con fuerza.
—El de los machotes musculosos y egocéntricos. Hombres que creen que pueden mangonear a los que son más pequeños y débiles que ellos.
Hugh le soltó el brazo y cogió la chaqueta de la mesa.
—No soy un egocéntrico y no trato mal a la gente.
—¿En serio? ¿Y qué es lo que acaba de pasar con Ted?
—Ted no cuenta —puso la chaqueta sobre los hombros de Mae otra vez—, pero seguro que él sí tiene el síndrome ese de los que mangonean a los débiles y pequeños. Seguro que golpea a su mujer.
Mae lo miró ceñudamente ante tan escandalosa suposición.
—¿Y qué pasa conmigo?
—¿Contigo?
—A mí me tratas mal.
—Cariño, tú sí que me tratas como si fueras un martillo de demolición.
Le subió el cuello de su cazadora hasta la barbilla y le puso las manos sobre los hombros.
—Y creo que te gusto más de lo que quieres admitir.
Mae le recorrió con la mirada y cerró los ojos. Esto no podía estar pasando.
—Ni siquiera me conoces.
—Sé que eres hermosa y que pienso todo el tiempo en ti. Me siento muy atraído por ti, Mae.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Por mí? —Los hombres como Hugh no se sentían atraídos por mujeres como ella. Era un as del deporte. Y ella era una chica de pecho plano demasiado flaca que no había tenido ni una cita hasta después del bachillerato—. No tiene gracia.
—No creo que la tenga. Me gustaste desde la primera vez que te vi en el parque. ¿Por qué crees que te he estado llamando?
—Pensé que te iba eso de acosar a las mujeres. -Él se rió.
—No. Sólo a ti. Tú eres especial.
Por un momento Mae se permitió creerlo. Por un momento se sintió halagada por las atenciones de ese gran deportista, pero no tenía intención de salir con él. El momento duró hasta que recordó cómo se había metido con ella la primera vez que se habían visto.
—Eres realmente imbécil —dijo ella.
—Espero que me des la oportunidad de hacerte cambiar de idea. -Ella le agarró la muñeca.
—Te aseguro que no tiene gracia.
—Nunca pensé que fuera gracioso. Normalmente soy yo quien rechazo a las mujeres. Nunca me había sentido atraído por alguien que me odiara.
Estaba tan serio que casi le creyó.
—Yo no te odio —confesó.
—Bueno, eso es un principio, creo. —Él deslizó las manos de los hombros al cuello de Mae y le inclinó la barbilla con los pulgares—. ¿Todavía tienes frío?
—Un poco. —El calor de esas manos en la garganta se extendió hasta su vientre. Estaba sorprendida y algo pasmada ante esa reacción.
—¿Quieres que cojamos las bebidas y entremos? -La sorpresa se transformó en confusión.
—Quiero ir a casa.
La decepción asomó en la mueca que esbozó Hugh y movió las manos a la parte superior de sus brazos.
—Te acompañaré al coche.
—Vine en taxi.
—Entonces te llevo a casa.
—De acuerdo, pero no te invitaré a entrar —dijo ella. Había mujeres que la podían considerar promiscua, pero todavía tenía sus reglas. Hugh Miner era guapo y tenía éxito, pero, aunque se comportaba como un perfecto caballero, no era su tipo.
—Eso depende de ti.
—Te lo digo en serio. No puedes entrar.
—Vale. Si quieres, te prometo que ni siquiera me bajaré de la moto.
—¿Moto?
—Bueno, vine en la Harley. Te va a encantar. —Le pasó el brazo sobre los hombros y se dirigieron hacia la entrada del bar—. Antes tengo que buscar a Dmitri y a Stuart para decirles que me marcho.
—No puedo montar contigo en una moto.
Se detuvieron en la entrada y dejaron pasar a un grupo delante.
—Claro que puedes. No dejaré que te caigas.
—No estoy preocupada por eso. —Ella lo miró a la cara iluminada por la luz anaranjada de la bombilla que había encima de la puerta—. Es que no llevo ropa interior.
Él se quedó helado durante unos segundos, luego sonrió.
—Bueno, quién lo iba a decir. Ya tenemos algo en común. Yo tampoco.

..*..

Tom siguió a Caroline Foster Duffy a través del pasillo de la gran casa de Virgil, en Bainbridge. Tenía el cabello rubio con hebras grises y unas pequeñas arrugas habían aparecido en las comisuras de sus ojos. Era una de esas mujeres lo suficientemente afortunadas como para madurar con gracia y sabiduría. Tenía la sabiduría de no luchar contra la edad ni con un tinte azul ni con cirugía plástica y la gracia para mantenerse bella a los sesenta y cinco años.
—Virgil te está esperando —dijo mientras atravesaban el comedor. Se detuvo ante una puerta de doble hoja de caoba y miró a Logan con la preocupación brillando en sus marrones claro—. Voy a tener que pedirte que tu visita sea lo más corta posible. Sé que Virgil te llamó para verte esta noche, pero lleva un par de días trabajando más duro de lo normal. Está cansado, pero no descansa. Sé que le pasa algo, aunque no me dice qué es. ¿Sabes que puede ser? ¿Es algo del equipo?
—No lo sé —contestó Tom. Estaba en el segundo año de un contrato de tres y no tenía que preocuparse de las negociaciones hasta el año siguiente, así que dudaba que Virgil le hubiera llamado para discutir sobre su contrato. Y además, no se ocupaba de las negociaciones en persona, pagaba a una agencia de representantes deportivos para que se encargaran de sus asuntos profesionales.
—Creí que quería hablarme de los futuros fichajes —dijo, aunque pensaba que el deseo de Virgil de hablar con él en persona resultaba extraño, sobre todo, un viernes por la noche.
Caroline frunció el ceño antes de darse la vuelta para abrir la puerta del estudio.
—Ha llegado Tom—le anunció, entrando en el despacho de Virgil. Tom la siguió a una habitación decorada con cuero y madera color cereza, esculturas de pescadores japoneses y litografías de Currier e Ives. Las diferentes texturas daban impresión de riqueza y buen gusto—. Pero sólo le dejo quedarse media hora — continuó Caroline—. Luego lo acompañaré a la puerta para que puedas descansar.
Virgil levantó la vista de los papeles dispersos por el escritorio.
—Cierra la puerta al salir —fue lo que le respondió a su esposa.
Ella no dijo nada, pero apretó los labios en una delgada línea al salir de la habitación.
—¿Por qué no te sientas? —Virgil le señaló una silla en el lado contrario del escritorio.
Tom escrutó la cara del anciano, y supo por qué lo había llamado. La amargura y la fatiga habían hecho aparecer unas grandes ojeras bajo los ojos de Virgil. En ese momento aparentaba los setenta y cinco años que tenía. Tom se sentó en un sillón de cuero y esperó.
—El otro día parecías genuinamente sorprendido de ver a _____ Howard en televisión.
—Lo estaba.
—¿No sabías que hacía un programa aquí en Seattle?
—No.
—¿Cómo es eso, Tom? Sé de buena tinta que os conocéis bien.
—Parece que, por lo que se ve, no nos conocemos tanto —contestó Tom, preguntándose qué sabía Virgil exactamente.
Virgil cogió una hoja de papel y se la pasó por encima del escritorio.
—Este papel dice que estás mintiendo.
Tom tomó el documento y rápidamente examinó la copia de la partida de nacimiento de Lexie. Aparecía como el padre de Lexie, algo que lo complacía, pero no le gustaba que husmearan en su vida personal. Lanzó el papel encima del escritorio y se enfrentó a la mirada de Virgil.
—¿Dónde has obtenido esto?
Virgil agitó la mano para quitarle importancia a la pregunta de Tom.
—¿Es verdad?
—Sí, lo es. ¿Dónde lo has conseguido? -Virgil encogió los hombros.
—Contraté a alguien para investigar un poco a _____ e imagina mi sorpresa cuando vi tu nombre. —Sostuvo en alto varios documentos legales junto con la aceptación de Tom de su paternidad. Virgil no se los entregó, pero no necesitaba hacerlo. Tom tenía una copia en casa—. Al parecer has tenido una niña con _____.
—Eso ya lo sabías, ¿por qué no te dejas de sandeces y vas al grano? -Virgil soltó los papeles.
—Ésa es una de las cosas que siempre me han gustado de ti, Tom. No te andas por las ramas. —Y sin apartar la mirada, preguntó—: ¿Tuviste relaciones sexuales con mi novia antes o después de que me dejara plantado en el altar haciéndome parecer un viejo tonto y ridículo?

Si bien a Tom no le gustaba que husmearan en su pasado o en su vida personal, en esa ocasión pensaba que la pregunta de Virgil era algo justo. Lo respetaba lo suficiente para creer que merecía una respuesta.
—Conocí a _____ después de que abandonara la boda. Nunca la había visto antes; salía de la casa cuando yo me iba y me pidió que la llevara. No llevaba vestido de novia y no sabía quién era. 
-Virgil se recostó en la silla.
—Pero lo averiguarías en algún momento.
—Sí.
—Y a pesar de saberlo, te acostaste con ella. -Tom frunció el ceño.
—Obviamente. —Tal y como estaban las cosas, le había hecho a Virgil un gran favor llevándose a _____ de la boda. Ella podía ser muy mezquina y Tom no creía que Virgil se tomara nada bien que le dijeran que no era memorable en la cama. No como Tom. Virgil estaba mejor sin ella. Ella podía conseguir que un hombre se sintiera ardiente y duro para luego hacerlo avergonzarse de sí mismo al recordarle con aquella voz dulce y afilada su segundo matrimonio con una stripper. Era muy cruel, de eso no tenía ninguna duda.
—¿Cuánto tiempo fuisteis amantes?
—No demasiado. —Conocía a Virgil y sabía que no le había llamado para oír los detalles jugosos—. Déjate de rollos y ve al grano.
—Eres un jugador de hockey condenadamente bueno y nunca me ha importado dónde metes la polla. Pero cuando jodiste a _____ me jodiste a mí.
Tom se levantó y durante un segundo consideró saltar sobre el escritorio y golpear a Virgil hasta hacerle perder el sentido. Si no hubiera sido tan mayor, lo hubiera hecho. _____ era la mujer más seductora y ardiente con la que había estado, pero no era una mujer para follar y olvidar. Era mucho más que eso para él y no merecía que hablaran de ella como si fuera basura. A duras penas reprimió la cólera.
—Todavía no has ido al grano.
—Puedes tener tu carrera con los Chinooks o puedes tener a _____. Pero no puedes tener las dos cosas.
A Tom no le gustaba que lo amenazaran más de lo que le gustaba que se metieran en su vida.
—¿Estás amenazándome con un traspaso?
Virgil estaba mortalmente serio cuando le dijo:
—Sólo si me fuerzas a hacerlo.
Tom consideró decirle a Virgil que se fuera a la mierda y darle una patada en su viejo culo arrugado. Cinco meses antes lo hubiera hecho. Aunque a Tom le encantaba jugar en los Chinooks y no se veía jugando en otro equipo, no respondía bien a las amenazas. Pero ahora tenía demasiado que perder. Acababa de descubrir que tenía una hija y le acababan de dar la custodia compartida.
—_____ y yo tenemos una hija, así que tal vez deberías aclararme qué entiendes por «tener».
—Puedes ver a tu hija todo lo que quieras —comenzó Virgil—. Pero no toques a la madre. No salgas con ella. No te cases con ella, o tú y yo tendremos problemas.
Si Virgil le hubiera amenazado así hacía un año o tan sólo unos meses atrás, lo más probable era que hubiera forzado un traspaso. Pero ¿cómo podía ejercer de padre con Lexie si tenía que mudarse a Detroit, a Nueva York o incluso a Los Angeles? ¿Cómo podía ver crecer a Lexie si no vivían en el mismo estado?
—Demonios, Virgil —dijo, observándolo—, no sé quién desagrada más al otro, si _____ a mí o yo a ella. Si me lo hubieras preguntado la semana pasada, te podrías haber ahorrado preocupaciones y me hubieras ahorrado el paseito hasta aquí. Quiero a _____ lo mismo que a un grano en el culo y ella me quiere aún menos.
Los ojos cansados de Virgil llamaron a Tom mentiroso.
—Tú recuerda lo que te he dicho.
—No soy propenso a olvidar. —Tom lo miró por última vez, luego se giró y salió de la habitación.
Salió de la casa con el ultimátum de Virgil resonando en sus oídos. «Puedes tener tu carrera con los Chinooks o puedes tener a _____. Pero no puedes tener las dos cosas».
Esperó el transbordador durante quince minutos y cuando llegó a su casa
flotante, lo absurdo de la amenaza de Virgil hizo que esbozara una sonrisa. Suponía que el viejo pensaba que había encontrado la venganza perfecta. Y lo podría haber sido, pero Tom y _____ ni siquiera podían tolerar estar juntos en la misma habitación. Forzarlos a estar juntos habría sido un castigo más apropiado.


Timbres, campanas, gritos, rechinar de llantas y vasos rotos resonaron en los oídos de Tom mientras veía cómo Lexie chocaba con violencia contra árboles, se subía a las aceras y atropellaba a los peatones.
—Soy bastante buena —gritó ella por encima de ese caos.
Clavó la vista en la pantalla delante de Lexie y sintió que empezaban a palpitarle las sienes.
—Ten cuidado con esa señora mayor —le advirtió demasiado tarde. Lexie la atropello haciéndola volar por los aires.
A Tom no le gustaban demasiado ni los videojuegos ni las salas de juegos. No le gustaban los centros comerciales, prefería comprarse lo que necesitaba por correo, y tampoco solía ir a ver películas de dibujos animados. La partida terminó y Tom giró la muñeca para mirarse el reloj.
—Ya es hora de irnos.
—¿Gané, Tom? —preguntó Lexie, señalando la puntuación en la pantalla. En el dedo medio, llevaba puesto un anillo de plata con filigranas que le había comprado en una joyería del Pike Place Market, y en el asiento junto al de ella estaba el gato de cristal que le había comprado en otra tienda. La parte de atrás del Range Rover estaba cargada de juguetes y sólo estaban matando el tiempo antes de que él y Lexie entraran en el cine para ver El jorobado de Notre Dame.
Estaba tratando de comprar el amor de su hija. Era tenaz. Y no le importaba. Le
compraría cualquier cosa, se pasaría horas en docenas de salas de juegos o viendo películas de Disney, si con ello conseguía que su hija lo llamara «papá» una sola vez.
—Casi ganaste —mintió, tomándola de la mano—. Coge el gato —añadió; luego
se dirigieron a la salida de la sala de juegos. Haría cualquier cosa por tener delante de él a la antigua Lexie.
Cuando la había recogido antes en su casa, la había encontrado en la puerta sin huella de sombras o coloretes. Era sábado, y si bien prefería verla sin maquillaje, estaba tan desesperado por que volviera a ser la niña que había conocido en junio que le había sugerido que se pusiera un poco de brillo en los labios. Ella había declinado la sugerencia con una sacudida de cabeza.
Podría haber intentado hablar con _____ de nuevo sobre el inusual comportamiento de Lexie, pero no estaba en casa cuando fue a buscar a la niña. Según la canguro, que llevaba un piercing en el lado derecho de la nariz, _____ estaba trabajando, pero volvería a casa antes de que él regresase con Lexie.
Tal vez podría hablar con _____ más tarde, pensó mientras se dirigían al cine. Quizá por una vez, podrían comportarse como adultos razonables para poder decidir qué era más conveniente para su hija,. Sí, quizá podrían. Pero había algo en _____ que hacía aflorar sus peores instintos y el deseo de enfrentarse a ella.
—¡Mira! —Lexie se paró bruscamente y clavó la mirada en el escaparate de la
tienda de enfrente. Detrás del cristal varios gatitos con rayas rodaban como pelotas peludas y se perseguían alrededor de un rascador en forma de poste. Eran unos seis gatos recién nacidos y ella los observaba maravillada, Tom atisbo un vislumbre de la niñita que le había robado el corazón en Marymoor Park.
—¿Quieres entrar y echar un vistazo rápido? —le preguntó.
Lo miró como si hubiera sugerido un delito grave.
—Mamá dice que yo no... —Se interrumpió y le dedicó una sonrisa—. Vale. Entraré contigo.
Tom abrió la puerta de la tienda de animales para dejar entrar a su hija. La tienda estaba vacía con excepción de una vendedora que escribía algo en una libreta detrás del mostrador.
Lexie le pasó a Tom el gato de cristal que le había comprado, luego caminó hacia la jaula y se detuvo delante. Metió la mano dentro y movió los dedos. De inmediato, un atigrado gato amarillo la agarró y le envolvió su pequeño cuerpo peludo alrededor de la muñeca. Ella se rió tontamente y levantó el gatito a su pecho.
Tom metió la figura de cristal en el bolsillo de la pechera de su polo azul y verde, y luego se arrodilló al lado de Lexie. Rascó al gatito entre las orejas y con los nudillos rozó la barbilla de su hija. No sabría decir qué era más suave.
Lexie lo miró tan emocionada que apenas se podía contener.
—Me encanta Tom.
Él tocó la pequeña oreja del gatito y volvió a acariciar la barbilla de Lexie.
—Me puedes llamar papá —le dijo, conteniendo el aliento.
Los grandes ojos marrones de Lexie parpadearon una vez, dos veces, luego ella escondió una sonrisa en la parte superior de la cabeza del gatito. Apareció un hoyuelo en su pálida mejilla, pero no dijo ni una sola palabra.
—Todos esos gatitos ya están vacunados —anunció la vendedora desde atrás de Tom.

Tom se miró la punta de las deportivas mientras la decepción le embargaba el corazón.
—Sólo estamos mirando —le dijo mientras se levantaba.
—Les puedo dejar ese gatito atigrado por cincuenta dólares. Es una ganga.

Tom creía que con la obsesión de Lexie por los animales si _____ hubiera querido que tuviera uno, ya se lo habría comprado.
—Su madre probablemente me mataría si aparece en casa con un gatito.
—¿Y un perrito? Justo acaba de llegarme un pequeño dálmata.
—¿Un dálmata? —Lexie los oyó—. ¿Tenes un dálmata?
—Venid por aquí. —La vendedora apuntó hacia una pared de perreras de cristal.
Lexie devolvió el gatito a la jaula con suavidad y se movió hacia las perreras.
Los cubículos de cristal estaban vacíos con excepción del dálmata, un perro esquimal en la parte de atrás y una rata grande sobre un tazón de comida.
—¿Qué es eso? —preguntó Lexie, señalando la rata casi sin pelo con enormes orejas.
—Es un chihuahua. Es un perro muy pequeño.
Tom pensó que no deberían llamarlo perro. Le temblaba todo el cuerpo y parecía patético, era una vergüenza para la raza canina.
—¿Tene frío? —preguntó Lexie, presionando la frente contra el cristal.
—Espero que no. Trato de mantenerlo muy caliente.
—Debe estar asustado. —Colocó la mano en la perrera y dijo—: Añora a su mamá.
—Oh, no —dijo Tom mientras recordaba cómo había tenido que rescatar un pececillo en el Pacífico. Pero no se veía fingiendo salvar a un tembloroso perro estúpido—. No, no añora a su mamá. Le gusta vivir aquí solo. Apuesto a que le gusta pasar la noche en su plato de comida. Apuesto a que está soñando algo agradable ahora mismo, que se estremece porque está soñando que hay un fuerte viento.
—Los chihuahuas son una raza nerviosa —informó la vendedora.
—¿Nerviosa? —Tom apuntó hacia el perro—. Está dormido. -La mujer sonrió.
—Sólo necesita un poco de calor y mucho amor —dijo; luego se dirigió a unas
puertas de vaivén. Unos segundos más tarde la parte de atrás de la perrera de cristal se abrió y un par de manos cogieron al perro.
—Tenemos que irnos si queremos llegar a tiempo a la película. —Tom lo dijo demasiado tarde. La mujer volvió y puso el perro en brazos de Lexie.
—¿Cómo se llama? —preguntó Lexie mientras miraba a los pequeños y brillantes ojos que le devolvían la mirada.
—No tiene nombre —contestó la mujer—. Es su dueño quien debe ponérselo.
La pequeña lengua rosada del perro salió como una flecha y lamió la barbilla de Lexie.
—Le gusto.
Tom miró el reloj, deseando que Lexie y el perro se separaran.
—La película va a empezar. Tenemos que irnos ya.
—Ya la he visto tres veces —dijo sin apartar los ojos del perro—. Eres un perrito precioso —dijo con un acento arrastrado muy parecido al de su madre—. Dame un besito.
—No. —Tom negó con la cabeza, sintiéndose de repente como un piloto de avión intentando aterrizar con un solo motor—. Nada de besos.
—Ha dejado de temblar. —Lexie se frotó la mejilla contra la cara del perrito y él le lamió la oreja.
—Tienes que devolverlo.
—Pero lo quiero y me quiere. ¿No me lo puedo quedar?
—Oh, no. Tu madre me mataría.
—No le importará.
Tom oyó la mentira en la voz de Lexie y se arrodilló a su lado. Podía sentir cómo el otro motor de su avión imaginario comenzaba a fallar. Tenía que pensar rápidamente algo antes de estrellarse contra el suelo.
—Sí, lo hará, pero ¿sabes qué? Te compraré una tortuga y la puedes tener en mi casa, y cada vez que vengas puedes jugar con ella.
Con el perro feliz entre los brazos, Lexie se apoyó en el pecho de Tom.
—No quiero una tortuga. Quiero al pequeño Pongo.
—¿Pongo? No puedes ponerle nombre, Lexie. No es tuyo.
Las lágrimas comenzaron a caer de los ojos de Lexie y le tembló la barbilla.
—Pero le quiero y me quiere.
—¿No prefieres tener un perro de verdad? Podemos mirar perros de verdad el próximo fin de semana.
Ella negó con la cabeza.
—Éste es un perro de verdad. Pero algo pequeño. Y no tiene mamá, y si lo dejo aquí me echará de menos y lo pasará muy mal. —Las lágrimas le empaparon las pestañas cuando sollozó—. Por favor, papá, déjame conservar a Pongo.
El corazón de Tom colisionó contra sus costillas y amenazó con salírsele por la garganta. Miró la cara lastimosamente triste de su hija y finalmente se estrelló. Ardió. Fue incapaz de impedirlo. Era tonto, pero le había llamado «papá». Cogió la cartera y le entregó la Visa a la feliz dependienta.
—De acuerdo —dijo, la cogió y la estrechó entre sus brazos—. Pero tu mamá nos va a matar.
—¿En serio? ¿Puedo quedarme con Pongo?
—Supongo que sí.
Su llanto se incrementó y enterró la cara en el cuello de su padre.
—Eres el mejor papá del mundo —gimió y él sintió la humedad contra la piel—Seré buena por siempre jamás. —Le temblaron los hombros, el perro temblaba y Tom temió ponerse a temblar también—. Te quiero, papá —susurró.
Si no hacía algo rápido, empezaría a llorar igual que Lexie. Comenzaría a llorar como una chica allí mismo, delante de la vendedora.
—Yo también te quiero —dijo, luego se aclaró la voz—. También compraremos
comida.
—Y probablemente necesitareis un transportín —informó la dependienta tomando la tarjeta de crédito—. Y como tiene muy poco pelo también un suéter.
Cuando Tom cargó a Lexie, a Pongo y los accesorios del perro en el Range Rover, tenía casi mil dólares menos en la cuenta. Mientras atravesaban la ciudad hacia Bellevue, Lexie habló sin parar y le cantó nanas al perro. Pero cuanto más se acercaban a su calle, más callada estaba. Cuando Tom aparcó al lado de la acera, el silencio llenaba el coche.
Tom le tendió la mano a Lexie para salir del vehículo y tampoco hablaron mientras caminaban por la acera. Se detuvieron bajo la luz del porche mirando la puerta cerrada, posponiendo el momento en que tendrían que enfrentarse a _____ con esa rata temblorosa en los brazos de Lexie.
—Se va a poner como una loca —le informó Lexie apenas en un susurro. Tom sintió cómo su manita asía la de él.
—Sí, nos va a salpicar la mierda.
Lexie no lo corrigió. Sólo inclinó la cabeza y dijo:
—Sí.
«Puedes tener tu carrera con los Chinooks o puedes tener a _____. Pero no puedes tener las dos cosas». Casi se rió. Incluso aunque admitiera que estaba locamente enamorado de _____, creía que después de esa noche su carrera estaba tan segura como Fort Knox.
La puerta se abrió y la predicción de Tom sobre las salpicaduras de mierda se hizo realidad. _____ pasó la mirada de Tom a Lexie, luego al perro que temblaba en los brazos de su hija.
—¿Qué es eso?
Lexie se calló y dejó hablar a Tom.
—Ah, entramos en una tienda de animales...
—¡Oh no! —gimió _____—. ¿La dejaste entrar en una tienda de animales? No se la puede dejar entrar. La última vez que entró lloró tanto que vomitó.
—Bueno, el lado bueno, es que esta vez no se puso enferma.
—¿El lado bueno? —_____ señaló los brazos de Lexie y gritó—: ¿Es eso un chihuahua?
—Eso es lo que dijo la dependienta, pero yo no estoy demasiado convencido.
—Devuélvelo.
—No, mami. Pongo es mío.
—¿Pongo? ¿Ya le pusiste nombre? —Miró a Tom y entrecerró los ojos—. Estupendo. Pongo puede vivir con Tom.
—No tengo patio.
—Tienes cubierta. Con eso basta.
—No puede vivir con papá porque entonces sólo lo podría ver los fines de semana, y no podría enseñarle a comportarse.
—¿Enseñar a quién? A Pongo o a tu papá.
—Eso no tiene gracia, _____.
—Lo sé. Devuélvelo, Tom.
—Ojalá pudiera. Pero la vendedora dijo que no puede devolverse. No puedo devolver a Pongo. —Veía a _____ allí de pie tan guapa como siempre y muy, muy enfadada. Pero por primera vez desde Cannon Beach no quería pelearse con ella. No quería provocarla más—. Lo siento, pero Lexie empezó a llorar y no pude decir que no. Le puso nombre y lloró en mi cuello y cuando me quise dar cuenta, ya le había dado a la dependienta mi tarjeta de crédito.
—Alexandra Mae, entra en casa.
—Ajá —dijo Lexie, luego abrazó a su perro, agachó la cabeza y pasó corriendo delante de su madre.
Tom se movió para seguirla, pero _____ le cortó el paso.
—Le he dicho a esa niña durante cinco años que no puede tener a una mascota hasta que cumpla diez. Te la llevas unas horas y vuelve a casa con un perro sin pelo.
Él levantó su mano derecha.
—Lo sé y lo siento. Prometo que compraré toda su comida y Lexie y yo lo llevaremos a adiestrar.
—¡Puedo pagar su maldita comida! —_____ levantó las manos y se presionó la frente con los dedos. Sentía como si fuera a estallarle la cabeza—. Estoy tan enfadada que no puedo pensar.
—¿Ayudaría que te dijera que compré un libro sobre esa raza?
—No, Tom —suspiró ella, dejando caer las manos—. No ayudaría.
—También tengo un transportín. —La tomó de la muñeca y la arrastró con él—. Le compré un montón de cosas.
_____ trató de ignorar la aceleración de su pulso cuando la cogió.
—¿Qué clase de cosas?
Él abrió una de las puertas traseras del Range Rover y le pasó un pequeño transportín para perros.
—Supongo que se pasará la noche ahí y así no se hará pis en el suelo —dijo, y luego metió la cabeza dentro del vehículo otra vez—. Aquí hay un libro de entrenamiento, otro de chihuahuas y otro más, hizo una pausa para leer el título, Cómo educar un perro para vivir con él. Comida, galletitas para perros, juguetes para masticar, collar y correa y un suéter pequeño.
—¿Suéter? ¿Compraste todo esto en la tienda?
—Voy a cerrar. —Dio la vuelta y metió la cabeza por el otro lado.
Por encima del transportín, _____ recorrió con la mirada los bolsillos traseros del pantalón de Tom. Sus vaqueros estaban descoloridos en algunos lugares y estaban sujetos por un cinturón de cuero.
—Sé que está por aquí en alguna parte —le dijo, y ella rápidamente miró al maletero del todoterreno. Estaba lleno de grandes bolsas de juguetes y una caja donde ponía Ultimate Hockey.
—¿Qué es todo eso? —preguntó, señalándolo con la cabeza. Tom la miró por encima del hombro.
—Son cosas que he comprado para Lexie. No tengo nada para ella cuando está
en mi casa, así que hemos comprado algo. No puedo creer cuánto cuestan las Barbies. No sabía que valían sesenta dólares cada una. —Se enderezó y le dio un tubo—. Es la pasta dentífrica de Pongo.
_____ estaba consternada.
—¿Has pagado sesenta dólares por una Barbie? -Él se encogió de hombros.
—Bueno, piensa que una venía con un perro de lanas, otra con una chaqueta estampada de cebra y una boina a juego, creo que no me timaron demasiado.

Lo habían embaucado. A los pocos días de abrir las cajas, Lexie tendría esas muñecas desnudas por la casa y parecería que las había recogido de una tienda de segunda mano. _____ raramente compraba juguetes caros a Lexie. Su hija no los trataba mejor porque hubieran costado más y, además, había muchos meses en los que _____ no podría permitirse el lujo de gastarse ciento veinte dólares en unas muñecas
Tenía tendencia a volverse un poco loca y gastar bastante en navidades y en los cumpleaños, pero tenía que hacer cálculos y ahorrar dinero para esas ocasiones. Tom no lo hacía. El mes pasado, cuando su abogado había elaborado el acuerdo de custodia, se había enterado de que Tom ganaba seis millones de dólares al año jugando al hockey e invirtiendo. Ella nunca podría competir con eso.
Miró la cara sonriente de Tom y se preguntó qué estaría tramando. Si no tenía cuidado, él lo tomaría todo y ella se quedaría sin nada excepto ese perro sin pelo.

jueves, 12 de marzo de 2015

.- simplemente irresistible .- 42 y 43

Capítulo 42

Tom se sentó en el borde de la cama para calzarse unas deportivas azules y plateadas. La habitación parecía una zona de guerra. Las sábanas estaban revueltas encima del colchón y la colcha y las almohadas estaban tiradas en el suelo. Unos platos sucios con restos de sándwiches de jamón a medio comer estaban apilados en el tocador, y la acuarela, que colgaba de la pared y que Tom había comprado a un artista local, tenía el marco roto.
Terminó de atarse las zapatillas y se puso de pie. La habitación olía a ella, a él, a sexo. Pasó por encima de una pila de toallas húmedas y cogió el walkman del tocador. Se puso los auriculares alrededor del cuello y sujetó el walkman en la cinturilla de los pantalones cortos.
Salvaje. Era la única palabra que le acudía a la mente para describir la noche anterior. Sexo salvaje con una bella y fogosa mujer. La vida no podía ser mejor.
Sólo había un problema. _____ no era cualquier bella y fogosa mujer. No
era alguien con quien hubiera tenido una cita. No era un ligue. Y ciertamente no era una de esas mujeres que querían acostarse con él porque era jugador de hockey. Era la madre de su hija. Las cosas estaban comenzando a complicarse.
Salió al pasillo. Se detuvo delante del otro dormitorio y miró por la puerta
entreabierta. _____ tenía los ojos cerrados bajo la luz del amanecer que se filtraba a través de las cortinas y su respiración era lenta y suave. Se había puesto un camisón blanco abotonado hasta el cuello que parecía sacado de La casa de la pradera. Aunque aproximadamente cuatro horas antes estaba con el trasero al aire, totalmente desnuda, en el jacuzzi del baño principal haciendo su mejor imitación de una reina del rodeo. Después de un poco de práctica lo había hecho muy bien. A él le gustaba especialmente la forma en que balanceaba la pelvis contra la de él mientras susurraba su nombre con esa erótica voz sureña suya.
Un movimiento detrás de _____ llamó su atención y levantó la mirada a
Lexie. Observó cómo se ponía de lado y se tapaba un poco con la sábana. Dio un paso atrás y se encaminó a las escaleras.
La noche anterior le había mostrado de nuevo otra parte de su pasado, le había mostrado a una niña confundida y herida, y le había agregado otra dimensión a la forma en que la veía de adulta. No creía que ella hubiera tenido intención de cambiar nada, ni siquiera su opinión de ella. Pero lo había hecho.

Tom entró en la cocina y abrió la nevera. Cogió un batido de yogurt rico en carbohidratos y proteínas. Cerrando la puerta con el pie quitó el tapón de la bebida energética y puso en marcha el contestador automático. Subió el volumen, apoyó una cadera en la encimera y comenzó a tomar la bebida revitalizante. El primer mensaje era de Ernie, y mientras escuchaba las quejas de siempre de su abuelo acerca de tener que dejar un mensaje, pensó en _____. Pensó en su voz cuando le había hablado casualmente sobre su madre. Había bromeado sobre cuando su abuela había tratado de casarla con un carnicero del Piggly Wiggly y sobre que pensaba que era tonta por esperar el amor de su padre. Lo había dicho como si le diera vergüenza, como si esperara demasiado.
El contestador automático emitió un pip y la voz de su agente, Doug Hennessey, llenó la cocina para informar a Tom de la reunión que había tenido con Bauer. Tenía que reunirse con la gente que le había hecho los patines a medida para enterarse de por qué las botas habían comenzado a molestarle la última temporada. Tom siempre había usado las de Bauer. Siempre lo haría. Aunque no era tan supersticioso como algunos hombres que conocía, lo era lo suficiente como para querer arreglar el problema en vez de cambiar de fabricante.
Se tomó el resto del batido de yogurt, aplastó el bote con la mano y lo lanzó al cubo de la basura. El contestador automático no emitió ningún mensaje más y Tom salió de la cocina. La niebla cubría la terraza y la playa. Los escasos rayos matutinos que traspasaban la niebla proyectaban su luz a través de las ventanas de la sala de estar.

La noche anterior la había observado en esas ventanas. Había mirado cómo iba
cayendo la ropa de su bello cuerpo y había gozado con la pasión que le suavizaba la boca y le enturbiaba los ojos. Había observado cómo sus propias manos se deslizaban sobre esa piel suave para tomar los tersos senos. Se había observado frotarse contra su cuerpo desnudo de arriba abajo, y casi había explotado allí mismo, en los calzoncillos B.V.D.
En silencio Tom salió a la terraza. Trotaba tan ligeramente como le era posible al bajar las escaleras a la playa. No quería despertar a _____. Después de la noche anterior suponía que necesitaría dormir.
Y él necesitaba pensar. Necesitaba pensar sobre lo sucedido y sobre lo que iba a
hacer a partir de ese momento. No podría evitar a _____, ni siquiera aunque quisiera. Ella le gustaba. La respetaba por todo lo que había logrado en la vida, en especial ahora, que la entendía un poco mejor. Y también comprendía mejor por qué siete años antes no le había dicho nada sobre Lexie. Aún seguía molesto porque no se lo hubiera dicho, pero ya no estaba enfadado.
Pero no estar enfadado y estar enamorado eran cosas distintas. «Me gusta».
Esperaba que no quisiera más de él porque no se creía capaz de dar más de sí mismo. Había estado casado dos veces y nunca había amado a una mujer.
Las personas confundían sexo con amor. Tom nunca lo hacía. Eran dos cosas totalmente diferentes. Amaba a su abuelo. Amaba a su madre. Era amor lo que sentía por su primer hijo, Toby, y ahora por Lexie, un amor que rezumaba desde lo más profundo de su ser. Pero nunca había estado enamorado de una mujer con el tipo de amor que volvía loco a un hombre. Esperaba que _____ pudiera mantener separados amor y sexo. Creía que podría, pero si no era así tratar con ella iba a ser muy difícil.

Debería haber tenido las manos quietas, pero en lo que a _____ se refería a él le costaba hacer lo correcto. Desearla le había complicado la vida, pero el sexo habría sido inevitable de todas maneras. Podía prometerse que mantendría las manos quietas desde ese momento, pero sabía por experiencia que lo más probable era que no lo hiciera. Con _____ eso nunca había sido posible. Poseía un cuerpo de infarto y el sexo con ella era el mejor que había tenido nunca.
Los pies de Tom golpearon la arena mojada al detenerse, luego se cogió el pie izquierdo por detrás. Agarró el tobillo y estiró el cuádriceps.
Su relación ya era difícil sin añadir más complicaciones. Era la madre de su hija y debería de inspirarle pensamientos puros. No debía pensar en besar esa boca suave mientras se deslizaba profundamente en su interior. Tenía que controlarse. Era un deportista disciplinado. Podía hacerlo.
Y si flaqueaba...
Tom bajó el pie y estiró la otra pierna. No flaquearía. Ni siquiera pensaría en ello. No iba a ir a su casa dos veces por semana para disfrutar de su cuerpo totalmente desnudo.

--*--


_____ se cubrió la boca ante un enorme bostezo mientras vertía la leche sobre un tazón de Froot Loops. Se puso un mechón detrás de la oreja y atravesando la cocina colocó los cereales sobre la mesa.
—¿Dónde está Tom? —preguntó Lexie mientras cogía la cuchara.
—No lo sé. —_____ se sentó en una silla frente a su hija y se anudó la bata. Puso los codos sobre la mesa y apoyó la barbilla en las manos. Estaba muy cansada y tenía doloridos los músculos de los muslos. No le habían dolido tanto desde unas clases de aeróbic a las que había asistido tres días a la semana el año pasado.
—Seguro que está corriendo otra vez. —Lexie cogió una cucharada de Froot
Loops y se la metió en la boca. Se había hecho una trenza para dormir la noche anterior y, ahora que se le había soltado, tenía el pelo rizado alrededor de la cabeza como una auténtica afro. Una O verde cayó sobre su pijama de la princesa Jasmine y la volvió a echar en su tazón.
—Es probable —contestó _____, preguntándose por qué Tom necesitaba hacer ejercicio después de la noche anterior. Habían hecho el amor en varias posiciones diferentes con un apoteósico final en el jacuzzi. Ella le había enjabonado por todas partes y había besado todos esos sitios según lo iba enjuagando. Él la había retribuido lamiendo todas las gotas de agua de su piel. En conjunto, diría que ambos habían tenido un entrenamiento realmente exhaustivo. Cerró los ojos y pensó en los fuertes brazos y el esculpido pecho de Tom. Se imaginó a sí misma frotándose contra su trasero musculoso al tiempo que le acariciaba el duro abdomen y sintió un vuelco en el estómago.
—Tal vez vuelva pronto —dijo Lexie, masticando ruidosamente sus cereales. _____ abrió los ojos. La imagen de Tom en cueros se evaporó siendo sustituida por la de su hija comiendo con la boca completamente llena de Oes de colores.
—Por favor, mastica con la boca cerrada —le recordó a Lexie automáticamente. Mientras miraba la cara de su hija, se sintió como una desvergonzada. Tener esos tórridos pensamientos delante de una niña inocente era indecente y estaba segura que en alguna parte del mundo se consideraba ilegal imaginar a un hombre desnudo antes de haber tomado el primer café.

_____ fue a la cocina y cogió de la alacena una bolsa de Starbucks y un filtro de papel. Tom la había hecho sentirse viva de una manera que hacía mucho tiempo que no se sentía. La había mirado con ojos hambrientos, la había hecho sentirse deseada. Había acariciado su piel como si estuviera hecha de delicada seda, la había hecho sentirse hermosa. El sexo con Tom había sido maravilloso. Entre sus brazos se había convertido en una mujer segura de su propia sexualidad. Por primera vez desde la pubertad se encontraba a gusto con su cuerpo y jamás se había sentido segura con un amante hasta ese momento.
Pero no importaba lo maravilloso que hubiera sido, el sexo con Tom había sido un error. Lo supo desde que la había besado en la puerta del dormitorio de invitados deseándole buenas noches. Había sentido un vuelco en el corazón. Tom no la amaba y se había sorprendido de cuánto la había herido saberlo.
Sabía desde el principio que él no la amaba. Nunca se lo había dicho, ni le había insinuado que sintiera algo por ella que no fuera lujuria. No lo culpaba. El dolor que sentía ahora era culpa de ella, y era ella quien tenía que ponerle remedio.

_____ llenó la cafetera de agua, puso el filtro y oprimió el botón. Apoyó la
cadera contra la encimera y cruzó los brazos. Había pensado que podría amarlo con el cuerpo, pero no con el corazón. Sin embargo, esa ilusión se había evaporado con la luz de la mañana. Siempre había amado a Tom. Pero aunque lo admitiera ante sí misma, no sabía qué hacer. ¿Cómo iba a poder verlo de forma regular y fingir que no sentía nada más que amistad? No sabía cómo hacerlo. Sólo sabía que tenía que hacerlo.
Sonó el teléfono, sobresaltando a _____. El contestador automático emitió
un pip dos veces e hizo clic al conectarse.
—Hola, Tom —dijo una voz masculina desde la máquina—. Soy Kirk Schwartz. Siento no haberme puesto en contacto contigo antes. He estado de vacaciones las dos últimas semanas. De todos modos, tal y como me pediste, tengo una copia de la partida de nacimiento de tu hija delante de mí. Su madre la inscribió con padre desconocido.
_____ sintió que se congelaba por dentro. Miró fijamente al aparato.
—Si la madre todavía está dispuesta a cooperar, no llevará mucho tiempo cambiarlo. Hablaremos de tus derechos legales hasta la vista de la custodia cuando vuelvas a la ciudad. Como comentamos la última vez, creo que lo mejor por el momento es mantener contenta a la madre hasta que decidamos qué hacer legalmente. Ah..., y creo que el hecho de que no supieras nada de tu hija hasta hace poco y que le hagas un ingreso sustancial además de colaborar en su manutención te deja en una situación muy buena. Probablemente te den los mismos derechos que si estuvieras divorciado de la madre. Lo discutiremos en profundidad cuando vuelvas a la ciudad. Ya hablaremos, nos vemos —acabó el mensaje y _____ parpadeó.

Miró a Lexie y la observó aspirar un Froot Loop de la cuchara.
El temblor comenzó en el pecho de _____ y se extendió por todo su cuerpo. Levantó una mano temblorosa y se presionó los labios con los dedos. Tom había contratado los servicios de un abogado. Le había dicho que no lo haría, pero estaba claro que había mentido. Quería a Lexie, y _____ le había dado lo que él quería sin preocuparse de nada. Había dejado a un lado sus dudas y había consentido en que Tom estuviera algún tiempo con su hija con total libertad. Había hecho caso omiso a sus miedos porque quería lo mejor para su hija.
—Apresúrate y termínate los cereales —le dijo, apartándose de la encimera.
Tenía que escapar, alejarse de esa casa y de él.

A los diez minutos _____ se había cambiado de ropa, se había cepillado los dientes y el pelo, y había metido todo dentro de las maletas. «Mantener contenta a la madre...». _____ se sintió enferma al pensar en lo «contenta» que la había tenido la noche anterior. Acostarse con ella era ir mucho más allá de lo que dictaba el deber.
Cinco minutos más tarde había cargado el coche.
—Vamos, Lexie —gritó, volviéndose hacia a la casa. Quería estar bien lejos cuando regresara Tom. No quería enfrentarse a él. No confiaba en sí misma. Ella había sido amable. Había tratado de ser justa, pero no lo haría más. La cólera la inflamaba como un soplete a un chorro de gas. La dejó arder y bullir por sus venas. Prefería sentir furia que la humillación y el dolor que le destrozaban el alma.
Lexie salió de la cocina vestida todavía con el pijama púrpura.
—¿Nos vamos a algún sitio?
—A casa.
—¿Por qué?
—Porque es hora de irnos.
—¿Tom también viene?
—No.
—No quiero irme aún.
_____ abrió la puerta principal.
—Me da lo mismo.
Lexie frunció el ceño y salió de la casa.
—Aún no es sábado. —Hizo pucheros mientras bajaba de la acera—. Dijiste que nos quedaríamos hasta el sábado.
—Hay cambio de planes. Nos vamos antes a casa. —La subió al asiento del pasajero encima del elevador de seguridad y le abrochó el cinturón, luego le puso una camisa, unos pantalones cortos y un cepillo de pelo en el regazo—. Cuando estemos en la carretera te puedes cambiar de ropa —explicó mientras se colocaba detrás del volante. Arrancó el motor y metió la marcha atrás.
—Me olvidé una Skipper en la bañera.



_____ pisó el freno y se volvió para mirar a su hosca hija. Sabía que si no entraba de nuevo y cogía la Skipper, Lexie se preocuparía y enfadaría y hablaría de eso todo el camino hasta Seattle.
—¿Cuál?
—La que me regaló Mae por mi cumpleaños.
—¿En qué bañera?
—En la del baño que hay al lado de la cocina.
_____ abrió bruscamente la puerta del coche y salió.
—El motor está encendido, así que no toques nada.
Lexie encogió los hombros sin comprometerse.
_____ corrió por primera vez desde la infancia. Volvió corriendo a la casa y entró en el cuarto de baño. La Skipper estaba sentada en la bandeja del jabón pegada a la pared de azulejo, la cogió por las piernas. Se dio la vuelta y casi chocó con Tom. Estaba en la puerta con las manos apoyadas en el marco de madera.
—¿Qué pasa _____?
A _____ le dio un vuelco el corazón. Odió a Tom. Y se odió a sí misma. Por segunda vez en su vida había dejado que la utilizara. Por segunda vez, le había causado tal dolor que apenas podía respirar.
—Quítate de en medio, Tom.
—¿Dónde está Lexie?
—En el coche. Nos vamos.- Él entornó los ojos.
—¿Por qué?
—Por ti. —Ella le colocó las manos en el pecho y lo apartó de un empujón.
Él se movió, pero ella no había llegado demasiado lejos antes de que él la agarrase por el brazo y le impidiera llegar a la puerta principal.
—¿Actúas así con todos los hombres con los que te acuestas o esa suerte sólo la tengo yo?

_____ se volvió hacia él y le pegó con su única arma. Lo golpeó en el hombro con la mojada muñeca. La cabeza de la muñeca se desprendió y voló hasta la sala de estar. _____ hervía de furia y sentía que perdería la cabeza igual que la pobre Skipper.
Tom levantó la vista de la muñeca sin cabeza a su cara. Tenía las cejas arqueadas.
—Pero ¿qué te pasa?
La innata gracia sureña, las lecciones de modales de la señorita Virdie y todos los años de buena educación de su abuela se hicieron trizas dentro del infierno de su cólera.
—¡Aparta tu asquerosa mano de mí, cerdo hijo de puta!
Tom apretó su presa y sus ojos taladraron los de ella.
—Anoche no pensabas que fuera asqueroso. Puedo ser un hijo de puta, pero no por lo que hicimos juntos. Anoche tú estabas caliente y yo duro y lo solucionamos. Puede que no haya sido la elección más sabia, pero fue la que tomamos. Ahora asúmelo como una adulta, por el amor de Dios.

_____ se soltó bruscamente de su agarre y dio un paso atrás. Deseó ser grande y fuerte para poder pegarle con fuerza. Deseó ser de pensamiento rápido para poder soltarle las palabras más hirientes, de esas que podrían cortar un corazón en rodajas. Pero no era físicamente fuerte, ni de lengua rápida bajo presión.
—Te aseguraste que estuviera muy contenta anoche, ¿verdad?
Él parpadeó.
—Supongo que «contenta» es una palabra tan buena como cualquier otra. Aunque prefiero «saciada», no te discutiré si quieres utilizar «contenta». Tú estabas contenta. Yo estaba contento. Los dos estábamos jodidamente contentos.
Ella lo señaló con la Skipper sin cabeza.
—Eres un bastardo. Me utilizaste.
—Genial. ¿Y cuándo fue eso? ¿Fue mientras me metías la lengua en la boca o cuando me metiste las manos en los pantalones? Tal y como yo lo veo, nos utilizamos mutuamente.
_____ lo fulminó con la mirada a través de la neblina roja que la envolvía. No hablaban de lo mismo, él todavía no había atado cabos.
—Me mentiste.
—¿Sobre qué?
En lugar de darle la oportunidad de mentir otra vez, _____ fue a la cocina y rebobinó su contestador automático. Luego le dio al botón de play y observó la cara de Tom mientras la voz de su abogado llenaba la silenciosa estancia. Sus rasgos no mostraron emoción alguna.
—Estás haciendo una montaña de un grano de arena —dijo tan pronto como la cinta terminó—. No es lo que piensas.
—¿No era ése tu abogado?
—Sí.
—Entonces cualquier otro contacto entre nosotros se hará a través de los abogados. —Ella estaba mortalmente tranquila cuando le dijo—: Mientras tanto, apártate de Lexie.
—Ni lo pienses. —Él se cernió sobre ella. Un hombre grande y poderoso usando la fuerza para intentar hacer valer su voluntad.
_____ no se intimidó.
—No hay lugar para ti en nuestras vidas.
—Soy el padre de Lexie, no un gilipollas imaginario llamado Tony. Le has mentido sobre mí toda su vida. Es hora de que sepa la verdad. No importa qué problemas tengamos nosotros, eso no cambia el hecho de que Lexie es mi hija.
—No te necesita.
—Y una mierda.
—No te dejaré acercarte a ella.
—No podrás detenerme.
Sabía que era probable que estuviera en lo cierto. Pero también sabía que haría cualquier cosa para asegurarse de no perder a su hija.
—Mantente alejado —le advirtió una última vez, luego se volvió para salir con pasos vacilantes.

Lexie estaba en la puerta de la cocina. Todavía llevaba puesto el pijama y aún tenía el pelo alborotado alrededor de la cabeza. Clavaba la mirada en Tom como si jamás lo hubiera visto. _____ no sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero temía lo que podía haber oído. Cogió a Lexie de la mano y la sacó a rastras de la casa.
—No hagas esto, _____ —gritó Tom—. Podemos resolverlo. —Pero ella no se volvió. Le había dado ya demasiado. Le había dado su corazón, su alma y su confianza. Pero no le daría lo más importante de su vida. Podía vivir sin su corazón, pero no podía vivir sin Lexie.

~~*~~


Mae recogió el periódico del porche de _____, luego entró en la casa. Lexie estaba sentada en el sofá con una magdalena de frambuesa en la mano mientras en la televisión sonaba el tema musical de La tribu de los Brady. Las magdalenas de frambuesa eran las favoritas de Lexie y un claro intento por parte de _____ de curar las heridas con azúcar. Pero después de lo que su amiga le había contado por teléfono la noche anterior Mae no estaba segura de que un dulce fuera suficiente.
—¿Dónde está tu mamá? —preguntó Mae, lanzando el periódico a una silla.
—Fuera —contestó Lexie sin apartar los ojos de la pantalla.
Mae decidió dejar sola a Lexie un rato y entró en la cocina para hacerse una taza de café exprés. Luego salió y encontró a _____ de pie al lado del porche de ladrillo podando las rosas Albertine y lanzando las flores muertas a una carretilla. Durante los últimos tres años Mae había observado cómo _____ mimaba las rosas para que cubrieran la pérgola que enmarcaba la puerta trasera. Una profusión de dedaleras rosas y de delfinios color lavanda se extendía desde los pies de _____ hasta la valla del jardín. El rocío matutino se pegaba a los pétalos delicados y mojaba el ruedo de la bata de _____. Bajo la seda naranja llevaba una camiseta arrugada y unos pantalones blancos de algodón. Tenía el pelo recogido en una despeinada coleta y el esmalte color malva de las uñas de su mano derecha estaba picado como si _____ se lo hubiera mordisqueado. La situación con Lexie era peor de lo que Mae había pensado.
—¿Dormiste algo anoche? —le preguntó Mae desde el último escalón del porche.
_____ negó con la cabeza y cogió otra rosa mustia.
—Lexie no habla conmigo. No me habló ayer en el coche mientras veníamos a casa y no me habla hoy. No se durmió hasta alrededor de las dos de la madrugada.—Lanzó otra rosa a la carretilla—. ¿Qué está haciendo?
—Está viendo La tribu de los Brady —contestó Mae, moviéndose por el porche de ladrillo. Dejó el café en una mesa de hierro forjado y se sentó en la silla a juego—. Cuando me llamaste anoche, no me dijiste que estuviera tan enfadada como para no poder dormir. Ella no suele comportarse así.
_____ dejó caer las manos y miró a Mae por encima del hombro.

—Ya te he dicho que no me habla. Ya sé que ella no se comporta así. —Caminó hacia Mae y dejó las tijeras de podar encima de la mesa—. No sé qué hacer. He tratado de hablar con ella, pero me ignora. Al principio pensé que estaba enfadada porque se lo estaba pasando genial en la playa y la obligué a irse de allí. Ahora sé que eso era simplemente lo que yo quería pensar. Nos ha debido oír discutir a Tom y a mí. —_____ se dejó caer en la silla al lado de Mae como si estuviera hundida en la miseria—. Sabe que le mentí sobre su padre.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Tengo que contratar un abogado. —Bostezó y apoyó la barbilla en las manos—. No sé de dónde voy a sacar el dinero para pagarlo.
—Puede que Tom no pida la custodia. Puede que si hablaras con él, él...
—No quiero hablar con él —interrumpió _____, pareciendo de repente llena de energía. Se enderezó en la silla y entornó los ojos—. Es un mentiroso y un tramposo y no tiene principios de ningún tipo. Se aprovechó de mi debilidad. No debería haber estado tantos años sin mantener relaciones sexuales. Debería haberte escuchado. Tenías razón. Está claro que exploté y me convertí en una ninfómana. No creo que el sexo sea el tipo de cosa que se deba contener hasta explotar.
Mae sintió que se quedaba con la boca abierta.
—¡Explotaste!
—Oh, por completo. Estallé en pedacitos.
—¿Con el jugador de hockey?- _____ asintió con la cabeza.
—¿Otra vez?
—Crees que debería haber aprendido la primera vez.
Mae no supo qué decir. _____ era una de las mujeres más reprimidas que conocía en lo que al sexo se refería.
—¿Cómo ocurrió?
—No lo sé. Nos llevábamos bien y simplemente pasó.
Mae no se consideraba una promiscua. Sólo que no sabía decir «no» todas las veces que debería. En cambio, _____ siempre decía que no.
—Me engañó. Fue tan maravilloso y bueno con Lexie que lo olvidé. Bueno, en realidad no me olvidé de lo falso que puede llegar a ser, sólo me permití a mí misma olvidarlo.
Mae no creía en el perdón y el olvido. A ella le gustaba el Dios colérico del
Antiguo Testamento, los castigos divinos del tipo «ojo por ojo». Pero se daba cuenta de que un hombre guapo como Tom podía hacer que una mujer pasara por alto algunas cosas, como ser abandonada en un aeropuerto después de una tórrida noche de pasión, sobre todo si a la mujer la atraían cien kilos de puro músculo, lo que, claro está, no era el caso de Mae.
—Ni siquiera tenía que llegar tan lejos. Le di todo lo que me pidió. Cada vez que quería ver a Lexie, yo accedí. —La cólera resurgió junto con las lágrimas de _____—. No tenía que acostarse conmigo. No soy un caso de beneficencia.
Lo cierto era que Mae no creía que ningún hombre considerara a _____ un caso de beneficencia ni siquiera en su peor día, despeinada y desarreglada.
—¿Crees que en realidad hizo el amor contigo porque sintió lástima de ti? - _____ se encogió de hombros.
—No creo que en realidad fuera un sacrificio para él, pero sé que quería mantenerme contenta hasta reunirse con su abogado y poder decidir qué hacer para obtener la custodia de Lexie. —Se cubrió las mejillas con las manos—. Es tan humillante.
—¿Qué puedo hacer para ayudar? —Mae se inclinó hacia delante y colocó la mano sobre el hombro de _____. Se enfrentaría al mundo por las personas que amaba. Había ocasiones en su vida en que se había sentido como si sólo hubiera hecho eso. No era eso lo que pasaba ahora, pero cuando Ray estaba vivo, ella había luchado todas sus batallas, especialmente en la escuela secundaria cuando tipos grandes y fornidos habían pensado que era divertido pegarle con toallas mojadas. Ray había acabado odiando el deporte y Mae a los deportistas.
—¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que hable con Lexie?- Preguntó Mae, _____ negó con la cabeza.
—Creo que Lexie necesita tiempo para ordenar sus pensamientos.
—¿Quieres que hable con Tom? Podría decirle cómo te sientes y tal vez...
—No. —Se limpió las mejillas con el dorso de las manos—. No quiero que sepa que me ha hecho daño otra vez.
—Podría contratar a alguien para romperle las dos rodillas.
_____ hizo una pausa antes de decir:
—No. No nos llega el dinero para contratar un matón profesional y es demasiado difícil encontrar ayuda de esa clase sin dinero. Mira lo que le sucedió a Tonya Harding. Pero gracias por la idea.
—Bueno... ¿para qué estamos los amigos?
—Ya superé una cosa así con Tom. Por supuesto, entonces Lexie no existía, pero lo superaré otra vez. Aunque aún no sepa cómo. —_____ sujetó la bata con firmeza y frunció el ceño—. Y además está Charles. ¿Qué le voy a decir?
Mae cogió su café.
—Nada —contestó y después tomó un sorbo.
—¿Crees que debería mentirle?
—No. Simplemente no se lo digas.
—¿Qué le digo si me pregunta?- Puso el café sobre la mesa.
—Eso depende de cuanto te guste.
—Pues Charles me gusta bastante. Sé que no lo parece, pero así es.
—Entonces miente.
_____ hundió los hombros y dijo suspirando:
—Me siento tan culpable. No puedo creer que me metiera en la cama con Tom. Ni siquiera pensé en Charles. Tal vez soy una de esas mujeres sobre las que leo en el Cosmopolitan que echan a perder las relaciones porque en lo más profundo de su ser se creen que no son dignas. Tal vez estoy destinada a amar a hombres que no pueden corresponderme.
—O tal vez deberías dejar de leer el Cosmopolitan.-_____ negó con la cabeza.
—Menudo lío he montado. ¿Qué voy a hacer?
—Lo superarás. Eres una de las mujeres más fuertes que conozco. —Mae palmeó el hombro de _____. Tenía mucha fe en la fuerza y determinación de su amiga. Sabía que _____ no siempre parecía una mujer valiente, pero siempre buscaba la mejor manera de alcanzar sus objetivos—. Oye, ¿te dije que Hugh, el portero, me llamó mientras estabas en Oregón?
—¿El amigo de Tom? ¿Para qué?
—Quería salir conmigo.
_____ clavó una mirada incrédula en Mae durante unos momentos.
—Pensaba que le habías dejado claros tus sentimientos el día que te lo encontraste delante del hospital.
—Lo hice, pero volvió a llamarme.
—¿En serio? Querrá que le golpees con un stick.
—Sí, hablamos de eso.
—Bueno, espero que lo hayas noqueado con delicadeza.
—Lo hice.
—¿Qué le dijiste?
—Diablos, que no.
Normalmente _____ y Mae habrían discutido por el rudo rechazo de Mae. Pero esta vez _____ encogió los hombros y le dijo:
—Bueno, supongo que no tendrás que preocuparte de que te vuelva a llamar.
—Volvió a hacerlo, pero creo que lo hizo sólo para molestarme. Me llamó para preguntarme si todavía domaba pitbulls.
—¿Qué le dijiste?
—Nada. Le colgué el teléfono, y sólo me ha llamado una vez más desde entonces.
—Bueno, estoy segura de que lo mejor será mantenernos alejadas de todos los jugadores de hockey. Es lo más conveniente para las dos.
—Eso no supone ningún problema para mí. —Mae pensó en contarle a _____ algo sobre su último novio, pero al final decidió no hacerlo. Estaba casado y _____ tendía a moralizar sobre cosas como ésas. Pero Mae no sentía escrúpulos de acostarse con el marido de otra mujer siempre que no tuviera hijos. No quería casarse. No quería mirar la cara del mismo tío todas las noches a la hora de la cena. No quería ser su criada ni parir sus bebés. Sólo quería sexo y los hombres casados eran perfectos. Ella marcaba las pautas y controlaba cuándo, dónde y cada cuánto tiempo.
Nunca le había dicho a _____ que salía con hombres casados. Porque, aunque aparentemente _____ sentía una absoluta debilidad carnal por Tom Kaulitz, a veces podía ser muy puritana.
Capítulo 43

Tras horas de duro entrenamiento, entrenadores y jugadores ocupaban la pista ensayando tiros a gol. Después de estar tres días concentrados, los Chinooks estaban preparados para un poco de diversión. Dos miembros del equipo de porteros estaban en cuclillas en extremos opuestos de la pista de patinaje, ojo avizor, en espera de que alguien lanzara el disco hacia la portería.
Los sórdidos y crudos comentarios y el constante «zas-zas-zas» de los patines invadían los oídos de Tom mientras zigzagueaba por el hielo. Las mangas de su camiseta de entrenamiento ondeaban mientras serpenteaba entre la marabunta humana. Mantenía la cabeza alta mientras deslizaba el disco de caucho junto a la hoja del stick. Sintió cómo un defensa novato de tercera línea le echaba el aliento en el cogote y para evitar quedar atrapado contra la barrera le lanzó un disparo bajo a Hugh Miner.
—Trágate esa, granjero —le dijo mientras cargaba su peso en las cuchillas de los patines para pararse bruscamente delante de la portería. Una fina rociada de hielo alcanzó las rodilleras de Hugh.
—Eres mi ruina, viejo —se quejó Hugh, devolviéndole el disco de caucho. Luego miró al otro extremo de la pista, se encorvó otra vez y golpeó su stick contra los postes de la portería, recobrando su compostura sin apartar los ojos del resto de jugadores.
Tom se rió y patinó de regreso al centro de la acción. Al terminar el entrenamiento estaba molido por el esfuerzo, pero feliz de haber regresado a la lucha. Más tarde en el vestuario, le entregó sus patines a uno de los utilleros para que estuvieran afilados al día siguiente y se dio una ducha.
—Oye, Kaulitz—lo llamó un ayudante de entrenador desde la puerta del vestuario—. El señor Duffy quiere verte cuando estés vestido. Está con el entrenador Nystrom.
—Gracias, Kenny. —Tom se ató los zapatos, se pasó por la cabeza una camiseta verde con el logotipo de los Chinooks y se la remetió dentro de los pantalones azules de nailon. Sus compañeros de equipo deambulaban por el vestuario con distintos grados de desnudez hablando de hockey, contratos y las nuevas reglas de la NHL como todos los principios de temporada.
No era extraño que Virgil Duffy le pidiera a Tom que se reuniera con él, especialmente, cuando el director general del equipo estaba tanteando el terreno para fichar un nuevo talento. Tom era el capitán de los Chinooks. Era un veterano y nadie conocía el hockey mejor que los hombres que lo llevaban jugando desde que eran niños. Virgil respetaba la opinión de Tom y Tom respetaba la capacidad de Virgil para los negocios, aunque a veces no estaban de acuerdo. En esos momentos discutían por un buen defensa de segunda línea. Los buenos defensas no eran baratos y Virgil no siempre estaba dispuesto a pagar millones por un determinado jugador.
Mientras se acercaba a los despachos de dirección Tom se preguntó cómo reaccionaría Virgil cuando se enterara de la existencia de Lexie. No creía que el viejo se sintiera demasiado contento, pero ya no temía ser traspasado. Aunque tampoco descartaba la posibilidad por completo. Virgil podía ser tan imprevisible como un volcán. Cuanto más tardara Virgil en descubrir lo que había sucedido siete años antes, mejor. Tom no mantenía a Lexie en secreto a propósito, pero tampoco creía que tuviera que restregársela a Virgil por las narices.

Pensó en Lexie y frunció el ceño. Desde aquella mañana en Cannon Beach, hacía
ya mes y medio, _____ había mantenido a Lexie apartada de él. Ella había contratado a un abogado atildado y cabrón que había insistido en hacerle una prueba de paternidad. Luego, había retrasado el examen durante semanas, pero el día en que la prueba pedida por el tribunal debía ser realizada, ella había cambiado radicalmente de actitud y había firmado un documento legal admitiendo que él era el padre. Con la rúbrica de _____, Tom fue declarado legalmente padre de Lexie. Habían elegido un asistente social de oficio para entrevistarse con Tom e inspeccionar su casa flotante. El mismo asistente había hablado con _____ y Lexie, y había recomendado varias visitas cortas de presentación entre el padre y la niña antes de permitir a Tom tener a Lexie durante períodos de tiempo más largos. Al final del período de presentación, Tom recibiría la misma custodia compartida que los padres que se habían divorciado y todo eso sin ni siquiera haberse presentado delante de un juez. Una vez que _____ había reconocido legalmente a Tom como padre de Lexie, todo había comenzado a moverse con suma rapidez. Tom endureció el ceño. Por ahora _____ seguía teniendo la sartén por el mango y aunque a él no le gustara lo más mínimo, era obvio que ella disfrutaba con la experiencia. Pues bien, que lo hiciera mientras pudiera, porque al final lo que _____ quisiera no iba a tener importancia. Ella no quería que le pagara la manutención de la niña, ni siquiera la parte que le correspondía, ni el seguro médico. A través de su abogado él le había ofrecido mucho dinero y también el seguro completo. Quería mantener a su hija y estaba dispuesto a pagar lo que necesitara, pero _____ lo había rechazado todo. Según su abogado, ella no quería nada de él. Pero no le iba a quedar otra opción. Los abogados estaban ya poniendo los puntos sobre las íes. _____ tendría que aceptar lo que le ofrecía.
No la había visto, ni había hablado con ella desde aquella mañana en la casa de la playa cuando se había puesto histérica por nada. Lo había arruinado todo saliéndose de madre para llamarlo mentiroso cuando, realmente, él no le había mentido. De acuerdo, quizá la primera noche cuando había ido a su casa flotante le había mentido por omisión. Habían quedado en no meter por medio a los abogados, pero dos horas antes de que ella hubiera aparecido en su puerta él ya había contratado a Kirk Schwartz. Ya tenía una idea básica de sus derechos antes de que hubiera hablado con ella esa noche. Tal vez debería habérselo dicho, pero había creído que se pondría como una pantera y que trataría de apartarlo de Lexie. Y había estado en lo cierto. A pesar de todo, no cambiaría lo que había hecho. Tenía que informarse. Tenía que conocer sus derechos legales en el caso de que _____ se mudara, se casara o le impidiera ver a Lexie. Había querido saber quién figuraba como padre en la partida de nacimiento de Lexie. Había querido saberlo todo. El futuro con Lexie era demasiado importante como para ignorar sus derechos legales.

La imagen de Lexie en la cocina de su casa de Cannon Beach aún permanecía viva en su mente. Recordaba la confusión de su cara y la mirada desconcertada de sus ojos cuando lo había mirado por encima del hombro mientras _____ la arrastraba por la acera. Él no había querido que lo supiera de ese modo. Había querido pasar antes más tiempo con ella. Y había querido que se alegrara tanto como él por la noticia. No sabía lo que pensaba ahora, pero lo haría en poco tiempo. En dos días sería la primera visita legal.
Tom entró en las oficinas de dirección y cerró la puerta tras él. Virgil Duffy estaba sentado en un sofá tapizado en Naugahyde y llevaba puesto un traje de lino de la Quinta Avenida y un bronceado caribeño.
—Mira eso —dijo Virgil, señalando la pantalla de un televisor portátil—. Ese chico está hecho de cemento.
Sentando detrás del escritorio, Larry Nystrom no parecía tan entusiasmado como él.
—Pero no sabe tirar con puntería.
—A cualquier jugador se le puede enseñar a afinar la puntería. Pero lo que no puedes es enseñarle coraje, y éste ya lo tiene. —Virgil miró Tom y señaló con el dedo hacia la pantalla—. ¿Qué opinas tú?
Tom estaba sentado en el otro extremo del sofá y miró la televisión justo a tiempo de ver a un novato de los Florida Panther acorralar a Philly Flyer Eric Lindros contra la barrera. El sesenta y cuatro, Lindros, se tomó su tiempo antes de ponerse en pie para patinar lentamente al banquillo.
—Te puedo decir por experiencia personal que golpea muy duro. Y también tira muy fuerte, pero no estoy seguro de que tenga potencial. ¿Cuánto vale?
—Quinientos mil.
Tom se encogió de hombros.
—Vale menos de quinientos y necesitamos a alguien como Grimson o Domi.
 Virgil negó con la cabeza.
—Cuestan demasiado.
—¿En quién más estáis pensando?
Virgil le dio al botón de avance rápido y los tres hombres revisaron juntos otros partidos. El segundo entrenador del equipo se sentó enfrente de Nystrom con un montón de papeles. Mientras el vídeo seguía pasando, revisaron cada página.
—Tu índice de grasa corporal es menor del doce por ciento, Kaulitz. —El entrenador hizo el comentario sin levantar la vista.
Tom no estaba sorprendido. No podía permitirse el lujo de dejar que el peso lo hiciera más lento todavía y se había esforzado mucho para mantenerse en forma.
—¿Y Corbet? —preguntó por un compañero de equipo. En el entrenamiento le había dado la impresión de que el lateral derecho de los Chinooks se había pasado el verano comiendo barbacoas y tirado a la bartola.
—¡Dios Santo! —juró Nystrom—. ¡Su índice es del veinte por ciento!
—¿De quién? —preguntó Virgil, dándole al botón de stop. El vídeo detuvo la cinta y en la pantalla apareció un anuncio de una emisora local.
—Ese maldito Corbet —contestó el entrenador.
—Voy a tener que ponerle un soplete debajo de ese culo de grasa —amenazó el entrenador—. Tendré que suspenderlo o enviarle a Jenny Craig.
—Contrata un dietista —sugirió Tom.
—Sométele a uno de los regímenes de Caroline —le dijo Virgil—. Cuando hace uno de sus regímenes se pone de muy mala leche. —Caroline era la esposa de Virgil desde hacía cuatro años y sólo era diez años más joven que su marido. Por lo que Tom podía decir, era una mujer agradable y parecían felices juntos—. Dale un tazón de arroz blanco y un filete de pollo a la plancha antes de cada partido, luego siéntate y disfruta viendo cómo patea culos.
El anuncio terminó y una voz que Tom no había oído en casi dos meses sonó en
la televisión.
—Habéis vuelto a tiempo —dijo _____ desde la pantalla de doce pulgadas—. Estoy a punto de añadir un poquito de pecado y no querrás perdértelo.
—Qué diablos... —masculló Tom y se inclinó hacia delante.
_____ abrió una botella de Grand Marnier y escanció un poco en una taza.
—Ahora, si tenéis niños, tendréis que reservar un poco del mousse antes de añadir el licor, o pecado líquido como llamaba mi abuela a todas las bebidas alcohólicas. —Sus ojos verdes miraron a la cámara mientras sonreía—. Si no podéis tomar alcohol por motivos religiosos, sois menores de edad o si simplemente preferís tomar vuestro pecado en un vaso, podéis prescindir del Grand Marnier y añadir en su lugar cascara de naranja rallada.

Él clavó los ojos en ella como un estúpido roedor fascinado, recordando la noche en que él le había servido una gran dosis de pecado. Luego, a la mañana siguiente, ella le había aporreado con una estúpida muñequita y lo había acusado de utilizarla. Era una lunática. Una loca vengativa. Llevaba puesta una blusa blanca con un gran cuello bordado y un delantal azul
marino atado alrededor del cuello. Tenía el pelo retirado de la cara y unos pendientes de perlas en las orejas. Alguien se había esforzado mucho en someter su evidente sexualidad, pero no importaba. Estaba allí de todos modos. En esos ojos seductores y en esa boca voluptuosa. Y seguro que no era el único que lo veía. Estaba ridícula, como una de Los vigilantes de la playa jugando a las cocinitas. La observó remover el mousse con la cuchara en una cazuela de porcelana y charlar sin cesar al mismo tiempo. Cuando terminó, levantó la mano, abrió los labios y se lamió el chocolate de los nudillos. Él se mofó porque sabía —sencillamente lo sabía— que estaba haciendo esa mierda por la audiencia. Era una madre, por el amor de Dios. Las madres que educaban niñas no deberían comportarse como gatitas sexis en televisión.
El televisor se quedó en blanco de repente y Tom se dio cuenta de que Virgil estaba presente por primera vez desde que la cara de _____ apareció en la pantalla. Parecía atontado y un poco pálido bajo el bronceado. Pero, aparte de la impresión, su cara no mostraba nada. Ni cólera, ni furia. Ni amor, ni siquiera traición por la mujer que le había plantado ante el altar. Virgil se levantó, lanzó el mando al sofá y salió por la puerta sin decir nada.
Tom lo vio marcharse, luego centró la atención en los otros hombres. Estaban
todavía hablando del índice de grasa. No habían visto a _____, pero aunque lo hubieran hecho, Tom no creía que supieran quién era. De lo que significaba para él. O lo que significaba para Virgil.

~~*~~

_____ se sentía desfallecida. Había grabado seis programas y le parecía que no había mejorado de uno a otro. Se decía a sí misma que tenía que relajarse y divertirse. No se emitían en directo así que si se ponía muy nerviosa, podía detenerse y volver a empezar. Pero a pesar de eso, los nervios le revolvían el estómago mientras miraba la cámara para confesar:
—No sé si lo sabréis, pero soy de Dallas, la tierra de los sombreros grandes. He
estudiado arte culinario de todas las partes del mundo, pero gané mis espuelas de cocinera preparando platos mexicanos. Cuando a la mayoría de la gente le hablan de cocina mexicana, piensa en tacos rellenos. Bueno, yo voy a enseñaros hoy algo diferente.
Durante más de una hora _____ troceó mangos, chiles y tomates. Cuando terminó, mostró un plato, simple pero elegante, que ya había preparado en el horno con referencias texanas.
—La semana que viene —dijo, deteniéndose al lado de un florero de margaritas amarillas—, vamos a abandonar temporalmente la cocina y os enseñaré cómo personalizar los marcos de fotos. Es muy fácil y divertido. Espero veros a todos.
La luz de encima de la cámara parpadeó y _____ soltó un suspiro. Grabar el programa no había sido tan malo. Sólo se le había caído el lomo una vez y se había confundido tres veces al leer. No como en el primer programa. El primer programa había requerido siete horas de grabación. Lo habían emitido días atrás y estaba tan segura de que su mousse de chocolate había sido un fracaso de audiencia que ni siquiera se quiso ver. Charles la había visto, por supuesto, y le había asegurado que no se la veía ni gorda ni estúpida. Pero no confiaba en que no le estuviera mintiendo.
Lexie pasó por encima de varios cables que había en el suelo y caminó hacia _____.
—Voy al baño —anunció.
_____ se llevó las manos a la espalda y se soltó el delantal. Llevaba puesto un micrófono portátil.
—Espera un segundo y te acompaño.
—Puedo ir sola.
—Ya la llevo yo —dijo una joven ayudante de producción. _____ sonrió con gratitud.
Lexie frunció el ceño y cogió la mano de la ayudante.
—Ya no tengo cinco años —se quejó.

_____ observó marchar a su hija y se quitó el delantal por la cabeza. Una de las condiciones que había puesto para hacer el programa era poder llevar a Lexie a los rodajes. Charles había estado de acuerdo y había nombrado a Lexie asesora creativa. Lexie sugería algunas ideas y, cuando iba al estudio, ayudaba a _____ a preparar los platos que se hacían de antemano para mostrarlos al final.
—Hoy has estado genial —la saludó Charles, emergiendo desde el fondo del estudio. Él esperó hasta que le quitaron el micrófono para rodearle los hombros con un brazo—. La respuesta de los espectadores al primer programa ha sido muy buena.
_____ soltó un suspiro de alivio y lo miró. Ella no quería que mantuviera el programa en antena por su relación personal.
—¿Estás seguro de que no lo dices sólo para ser amable conmigo?

Charles besó suavemente la sien de _____.
—Estoy seguro —y ella sintió su sonrisa cuando dijo—: Si la audiencia desciende, prometo que te despediré.
—Gracias.
—De nada. —La besó en la coronilla y luego la soltó—. ¿Por qué no venís Lexie y tú a cenar con Amber y conmigo?
_____ cogió el bolso de encima del mostrador de la cocina que era parte del estudio de grabación.
—No puedo. Tom viene a recoger a Lexie esta noche para su primera visita.
Charles juntó las cejas.
—¿Quieres que te acompañe? _____ negó con la cabeza.
—Estaré bien —dijo, pero no se lo creía. Temía sufrir una crisis nerviosa después de que Lexie se fuera y quería estar sola si así ocurría. Charles era un buen amigo, pero no la podía ayudar en ese tipo de situaciones.
Tres días después de regresar de Cannon Beach había informado a Charles sobre el viaje. De todo excepto de la parte del sexo. No le había gustado oír que había pasado todo ese tiempo con Tom, pero tampoco le había hecho demasiadas preguntas. Sin embargo, le había dado el nombre del abogado de su ex mujer y le había vuelto a ofrecer el programa de televisión. Ella necesitaba el dinero y había aceptado con la condición de que los programas fueran grabados en vez de en directo y de que Lexie pudiera acompañarla.
Una semana más tarde firmó el contrato.
—¿Qué le parece a Lexie la idea de pasar más tiempo con su padre? -_____ se colgó el bolso de un hombro.
—Lo cierto es que no lo sé. Sé que está un poco confundida de que su apellido sea ahora Kaulitz. Le cuesta trabajo deletrearlo, pero aparte de eso no dice nada más.
—¿No habla de él?
Durante varias semanas después de saber que Tom era su padre, Lexie se había mostrado fría y distante con _____. _____ había tratado de explicarle por qué le había mentido y Lexie había escuchado en silencio. Luego había volcado toda su cólera en ella con palabras hirientes que les hicieron daño a las dos. Sus vidas nunca serían lo mismo. Pero por lo demás, volvía a ser la misma niña que era antes de conocer a Tom. Si bien había momentos en que estaba inusualmente callada, _____ no tenía que preguntarle qué pensaba, ya lo sabía.
—Le dije que Tom vendría a recogerla para estar con ella esta noche. Lo único que me preguntó fue cuándo la traería de regreso.
Lexie regresó de los aseos y los tres se encaminaron fuera del estudio hacia la entrada delantera del edificio.
—Adivina qué, Charles.
—¿Qué?
—Estoy en primero. El nombre de mi profesora es señora Berger. Le gustan las hamburguesas sin jamón. Me gusta porque es agradable y porque tenemo un jerbo en nuestra clase. Es de color café con leche y tene unas orejitas diminutas. Todo el mundo le llama Stimpy. Yo quería que se llamara Pongo, pero no lo conseguí. — Mantuvo una continua y agradable charla todo el camino hasta el parking. Pero durante el trayecto en coche hasta casa estuvo muy callada. _____ trató de hablar con ella, pero era obvio que estaba en otro mundo.

Desde lejos, _____ vio el Range Rover de Tom aparcado delante de su casa. Estaba sentado en el porche delantero con los pies separados y los antebrazos apoyados en los muslos. _____ aparcó el coche en el camino de entrada y miró al asiento del acompañante. Lexie tenía los ojos clavados en la puerta del garaje y se mordía el labio inferior con los dientes. Sus pequeñas manos agarraban con fuerza la carpeta que Charles le había dado para que pudiera escribir ideas para los programas siguientes. En el papel había dibujado diversos perros y gatos, y había escrito la palabra «mascotas».
—¿Estás nerviosa? —le preguntó a su hija, sintiendo ella misma los nervios en
el estómago.
Lexie se encogió de hombros.
—Si no quieres ir, no creo que te obligue —le dijo _____, esperando que fuera verdad.
Lexie guardó silencio un rato antes de preguntar:
—¿Crees que le gusto?
A _____ se le puso un nudo en la garganta. Lexie, que estaba siempre tan segura de sí misma, segura de que todo el mundo la quería, no estaba segura de su padre.
—Por supuesto que le gustas. Le gustaste desde la primera vez que te vio.
—Ah —fue todo lo que dijo.


3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ADIOS :)) Y FELICIDADES XYORALDYN